Enseñanza — La perseverancia gozosa (capítulo 7)
«Tu problema es que haces las cosas para que sirvan. Yo las hago porque me salen.» La frase de Iker es, sin saberlo, la mejor definición moderna del tema del capítulo 7. Porque la palabra que nuestro texto raíz traduce como perseverancia —y que otras versiones llaman diligencia, esfuerzo entusiasta o energía (virya)— tiene en Shantideva una definición sorprendentemente precisa, y la alegría forma parte de ella.
Qué es (y qué no es) la perseverancia [7, 1-2]
«¿Qué es la perseverancia gozosa? Es el vigor entusiasta por ser constructivo» [7, 2]
Fíjate en lo que la definición excluye. No es fuerza de voluntad genérica, ni capacidad de sufrir, ni trabajar mucho: es entusiasmo dirigido a lo constructivo. Quien trabaja dieciséis horas por ambición no practica esta paramita; quien friega un vestíbulo silbando, quizá sí. Y su importancia es total: «(con base en) la perseverancia, tiene lugar la iluminación […] sin perseverancia gozosa, no hay surgimiento de fuerza positiva, así como sin viento no hay movimiento» [7, 1]. Todas las demás perfecciones son velas; esta es el viento.
El mismo verso 2 enumera los tres adversarios, y aquí está el diagnóstico que estructura la historia de Vera: los tres tipos de pereza.
Las tres perezas [7, 2-30]
1. La pereza del letargo [7, 3-14]: la de la apatía, el sofá y «anhelar el sueño como un refugio» [7, 3]. Shantideva la trata con su remedio habitual, la urgencia de la muerte, en algunos de los versos más vívidos del texto: la vida como un rebaño que el carnicero va matando pieza a pieza mientras el búfalo de al lado sigue dormido [7, 5]; el camino bloqueado y el señor de la muerte observando — «¿cómo es que disfrutas comer?, ¿cómo disfrutas dormir?» [7, 6]; y la agonía del que llega al final con todo empezado y nada acabado: «Con esto aún pendiente, con esto apenas empezado, con esto aún a medio hacer, y el señor de la muerte ha venido de repente» [7, 8]. La imagen de la barca retoma la preciosa vida humana: «¡Sentado (ahora) en la barca de un renacimiento humano, cruza el caudaloso río del sufrimiento! ¡Siendo esta barca tan difícil de volver a abordar, estúpido, no es momento para quedarse dormido!» [7, 14].
2. La pereza de aferrarse a lo trivial [7, 15]: la más contraintuitiva. Se puede estar ocupadísimo y ser un perezoso: es la pereza de quien llena las horas con «travesuras, bromas y similares» — hoy diríamos: con el desplazar infinito del pulgar por la pantalla — dejando «el gozo del sagrado Dharma, la mejor e interminable fuente de gozo». No es pereza de actividad; es pereza de dirección. El pulgar de Vera en el sofá, recorriendo vidas ajenas hasta la hora de dormir mal, es su retrato contemporáneo exacto.
3. La pereza del desánimo [7, 16-30]: la peor, porque «no parece pereza: parece lucidez», como dice Tomás. Consiste en menospreciarse: «Nunca te desanimes pensando: “¿Cómo puede haber iluminación para mí?”» [7, 17]. La respuesta de Shantideva es el argumento favorito de don Aurelio:
«Aun aquellos que se han convertido en jejenes, mosquitos, avispones y gusanos también alcanzarán la insuperable iluminación tan difícil de obtener, al generar la fuerza del vigor entusiasta. ¡(Cuánto más cierto para) alguien como yo, con naturaleza (de Buda) y nacido como humano, capaz de percibir qué es benéfico o dañino!» [7, 18-19]
El argumento del mosquito no es una cursilería: es lógica de la naturaleza búdica llevada al límite. Si el potencial del despertar está en toda mente —y el Mahayana sostiene exactamente eso—, entonces la única variable es el esfuerzo, y un humano que sabe distinguir el beneficio del daño parte con ventaja abismal sobre cualquier otro viviente. El desánimo que se disfraza de humildad («yo no valgo para esto») es en realidad deserción con buenos modales: niega la naturaleza búdica propia, que es lo único que el voto del capítulo 3 celebró como innegable [3, 25].
A la objeción del miedo al camino («¿no habrá que dar hasta el cuerpo?» [7, 20]), Shantideva responde con la gradualidad, en uno de los pasajes más tranquilizadores del tratado: el Buda como «Médico Principal» que no prescribe cirugías salvajes sino «un procedimiento extremadamente amable»: «Para comenzar, el Guía Espiritual prescribe regalar una verdura y similares. Una vez acostumbrado a eso, con el tiempo, a través de etapas, uno podrá llegar a regalar incluso su propia carne» [7, 24-25] — y cuando llegue ese día, dice el verso siguiente, el cuerpo se verá «similar a un vegetal» y no habrá dificultad alguna [7, 26]. Nadie escala por la cara norte el primer día. El camino gradual no es una concesión a los débiles: es el método.
Y culmina con el verso del caballo, la imagen que da título a la historia:
«Montando el caballo del anhelo por la bodichita que disipa cualquier depresión y agotamiento, y viajando de gozo en gozo, ¿quién, con una mente sensata, podría alguna vez desanimarse?» [7, 30]
De gozo en gozo. El bodisatva no avanza a latigazos de deber; avanza porque la propia bodichita es energética — la mente orientada al bien de todos genera combustible en lugar de consumirlo [7, 28-29]. Esta es la respuesta profunda al «¿para qué?» de Vera: el desánimo calcula el valor del bien por sus resultados externos duraderos («el cubo agujereado»), pero el bien opera como la música o las multiplicaciones de Iker — su fruto principal está en el propio ejercicio, y ese fruto es inmediato, acumulativo e inagotable [5, 9-10: las perfecciones son estados mentales].
Las fuerzas de apoyo [7, 31-75]
La segunda mitad del capítulo organiza los recursos positivos. El texto enumera las fuerzas sustentadoras: «una fuerte intención, constancia, deleite y soltar» [7, 31], que El sol resplandeciente expande en seis. Las recorremos con sus versos:
La fuerte intención (aspiración) [7, 31-46]: el deseo activo de practicar, que «se desarrolla al tener cautela del sufrimiento y al reflexionar sobre sus beneficios» [7, 31]. Shantideva la alimenta con un examen de conciencia demoledor — «¡No he liberado del miedo al atemorizado, ni ofrecido consuelo a los afligidos! Todo se resume a que lo único que he producido han sido incomodidades, y el dolor en el vientre de mi madre!» [7, 37-38] — y con la meditación constante en causa y efecto [7, 40-45].
La constancia (confianza u «orgullo») [7, 46-62]: la fuerza más matizada del capítulo, y un ejemplo espléndido de precisión psicológica. Primero, la regla de no empezar a lo loco: «Al examinar primero mis talentos […] es mejor no emprenderlo en absoluto, que comenzar y luego abandonarlo» [7, 47] — porque abandonar crea hábito de abandono en esta vida y las siguientes [7, 48]. Después, el famoso juego de palabras con el orgullo [7, 49-59]: hay que tener «orgullo» respecto a las acciones («es algo que yo mismo haré» [7, 49-50]), respecto a la capacidad («yo no soy incapaz, como los seres errantes, así que yo lo haré (por ellos)» [7, 50]) y frente a las aflicciones («¡Triunfaré sobre todo y nada triunfará sobre mí!» [7, 55]). ¿No era el orgullo una emoción perturbadora? Exacto, y Shantideva juega deliberadamente con la paradoja: «aquellos que se sostienen de su orgullo para triunfar sobre su enemigo, el orgullo, son los sustentadores del orgullo, los héroes victoriosos» [7, 56-59]. La tradición distingue: el orgullo-aflicción se compara con otros y los desprecia; la confianza del bodisatva se compara con la tarea y se crece — «como un león con chacales» [7, 60], protegiendo la práctica como se protegen los ojos en el peligro [7, 61].
El deleite [7, 63-66]: la fuerza que Iker enseña sin saberlo. El bodisatva se entrega a la acción positiva «como alguien que desea felicidad como resultado del juego […] sin tener nunca suficiente» [7, 63]; y a diferencia del placer mundano — «miel sobre el filo de una navaja» [7, 65] —, la acción constructiva produce lo que promete: «para un (bodisatva) cuyas acciones, de hecho, producen felicidad, ¿cómo puede ser feliz sin llevar a cabo esas acciones?» [7, 64]. La imagen culminante es puro verano indio: «me lanzaré a la (siguiente) acción […] como un elefante abrasado por el sol del mediodía que se zambulle en el agua al encontrar una laguna» [7, 66]. Que el esfuerzo pueda tener esa temperatura —zambullida, no arrastre— es la tesis entera del capítulo.
El soltar (descanso) [7, 67]: la fuerza que falta en todas las culturas del rendimiento: «al seguir un decaimiento de mi fuerza, dejaré (mi actividad) de lado, para retomarla nuevamente». El descanso no es la interrupción de la perseverancia; es una de sus fuerzas. Se descansa para continuar — «con sed por la siguiente y la siguiente» [7, 67] — igual que la fuerza de la moderación de El sol resplandeciente: «descansar un poco cuando estamos cansados […] para poder continuar, enseguida, con fuerza renovada».
La práctica sincera y el dominio [7, 68-75]: retoman la vigilancia del capítulo 5 en clave de esgrima — esquivar las estocadas de las aflicciones y devolverlas [7, 68], recoger la espada de la recordación «rápidamente, por temor» si cae [7, 69], porque una falta «al encontrar una abertura, se disemina por toda la mente» como veneno en sangre [7, 70]. Y ante cada error, la pregunta constructiva, sin flagelación: «¿cómo puedo comportarme para que esto nunca vuelva a sucederme?» [7, 73].
El capítulo cierra con la imagen más ligera de todo el tratado, elegida con evidente intención después de tanto campo de batalla: la mota de algodón en el viento [7, 76]. El practicante perfecto de la energía no es un titán tenso: es algodón en el viento de la bodichita — sin peso, sin fricción, movido enteramente por lo que ama. Don Aurelio firma su nota como «un viejo que aprendió a silbar»: es la misma imagen.
Para llevar
- Perseverancia = vigor entusiasta por lo constructivo [7, 2]. No es voluntad genérica ni horas de trabajo: es dirección más alegría. Sin este viento, ninguna vela avanza [7, 1].
- Tres perezas: letargo (el sofá y el sueño como refugio), aferrarse a lo trivial (estar ocupadísimo en lo que no importa — también es pereza) y desánimo (menospreciarse; parece humildad y es deserción) [7, 2-3, 15-17].
- Contra el desánimo, el argumento del mosquito: si hasta los insectos llegarán a la budeidad, quien distingue el bien del daño no tiene excusa [7, 18-19]. El camino es gradual por diseño: primero verduras, luego — quizá, algún día — la propia carne [7, 25-26].
- El motor no es el deber sino el gozo: el caballo de la bodichita va «de gozo en gozo» [7, 30]; la acción constructiva se disfruta como el juego [7, 63-66]; el elefante se zambulle en la laguna [7, 66].
- Fuerzas de apoyo: intención fuerte, confianza (el «orgullo» bueno, que se mide con la tarea y no contra las personas), deleite y soltar — el descanso es parte de la perseverancia, no su contrario [7, 31-67].
- Mejor no empezar que abandonar: el abandono crea hábito de abandono [7, 47-48]. Y ante el error: «¿cómo me comporto para que no se repita?», no autoflagelación [7, 73].
En el texto raíz
Lee el capítulo 7 completo (76 versos): «Perseverancia». Imprescindibles: la definición y las tres perezas [7, 1-16], el mosquito y la gradualidad [7, 17-26], el caballo de la bodichita [7, 28-30], el orgullo bueno [7, 47-59], el elefante y la laguna [7, 63-67] y la mota de algodón [7, 76]. En El sol resplandeciente: la sección sobre la paramita del entusiasmo, con los tres tipos de pereza y las seis fuerzas.