Historia — La guardia
Hay noches en que un hospital se rompe. No hay presagio: la misma luz de siempre en los pasillos, el mismo zumbido de neveras y monitores, y de pronto tres timbres a la vez, un ingreso que no estaba previsto, una familia que se derrumba en el peor momento posible, y el turno entero corriendo detrás de sí mismo hasta el amanecer.
La noche del catorce de noviembre se rompió a las once y veinte.
Vera lo contaría después así: que si aquella guardia la hubiera pillado en febrero, antes del cuaderno, la habría atravesado como atravesaba entonces todas las guardias malas — en apnea, a golpes de adrenalina, dejando por el camino trozos de sí misma y algún grito a quien no lo merecía. La diferencia, esta vez, no fue que la noche fuera mejor. Fue que Vera llevaba semanas entrenando en secreto la cosa más rara que le habían enseñado nunca: mirar su propia mente mientras trabajaba.
Lo había leído a principios de mes, en el capítulo quinto del cuaderno, y le había parecido primero una exageración de monje:
«Al dejarlo suelto para correr, el elefante de mi mente puede devastarme […] Pero, si el elefante de mi mente está firmemente atado, de cada lado, por la cuerda de la recordación, todos los temores desaparecerán y todo lo constructivo estará a mi alcance».
Don Aurelio había anotado debajo, con su pedagogía de tiza:
Dos palabras técnicas, Vera, las únicas que te pido memorizar de todo el cuaderno. RECORDACIÓN: no olvidar en qué estás, qué prometiste, qué toca. La cuerda del elefante. VIGILANCIA: el vistazo que compruebas cada tanto — ¿sigue atada la cuerda? ¿En qué anda mi mente ahora mismo? El monje dice que sin estas dos, todo lo demás se derrama, como agua en vasija agujereada. Y da un truco de oro para los momentos en que no puedas más: quédate como un bloque de madera. No respondas, no decidas, no muevas ficha. La madera no se equivoca.
Y más abajo, la frase del monje que Vera había empezado a usar como los músicos usan el diapasón:
«Aunque es imposible protegerme de los eventos externos, si protejo mi mente, ¿qué necesidad habría de protegerme de algo más?»
Y debajo, la glosa de don Aurelio: Con cuero solo en la suela de tus zapatos, caminas sobre una tierra cubierta de cuero.
A las once y veinte, la señora Casals, de la 311, entró en agonía. La familia —un hijo que había llegado esa tarde desde Alemania arrastrando una maleta y veinte años de conversaciones aplazadas— se deshizo en el pasillo. A las once y cuarenta, ingreso urgente en la 309: un hombre de cincuenta y un años, sedación difícil, dolor mal controlado, esposa con la mirada de los recién llegados al país del que nadie quiere pasaporte. A las doce y diez, el señor Ferrán, disnea aguda, el pánico multiplicándole el ahogo, la mano agarrada a la manga de Vera con una fuerza de la que no le creía capaz.
Y a la una y cuarto, cuando el pasillo por fin respiró, Marga.
Apareció en el control con su carpeta y su sonrisa de lija, a esas horas, porque las supervisoras de área también hacen noches, y eligió ese momento exacto para decir, delante de la auxiliar nueva:
—La familia de la 311 dice que nadie les ha explicado nada. Así llevamos la unidad, ¿no, Miralles? Mucho acompañamiento en las jornadas de formación, y luego los dejamos solos en el pasillo.
No era verdad. Vera había estado con ellos dos veces entre timbre y timbre; se lo había explicado al hijo con las palabras lentas que se usan para quien escucha desde debajo del agua. La injusticia de la frase le subió por el pecho como un ascensor en llamas, con todas las respuestas dentro, ordenadas de más digna a más letal.
Y entonces —después contaría que fue lo más difícil que hizo en toda la noche, más que la sedación de la 309, más que sostener el pánico del señor Ferrán— Vera se quedó como un bloque de madera.
No fue elegante. No hubo serenidad de estampa. Fue carpintería pura: tres segundos de no hacer, sostenidos con las dos manos. En el segundo uno, el ascensor en llamas llegó a la garganta. En el segundo dos, Vera vio —lo vio, como se ve un semáforo— que cualquier frase que saliera en ese momento la elegiría el incendio, no ella. En el segundo tres, el incendio, que no encontró puerta, empezó a quedarse sin aire.
—La familia de la 311 está en shock y no retiene información —dijo al fin, con una voz que salió sorprendentemente plana—. Es normal. Vuelvo a entrar ahora y me quedo con ellos. ¿Algo más, Marga?
Marga la miró un momento de más, como quien esperaba resistencia y pisa un escalón que no está. Dijo que no, que nada más, y se fue pasillo abajo con su carpeta.
La auxiliar nueva soltó el aire.
—¿Cómo has hecho eso? Yo la habría…
—Lo he hecho fatal —dijo Vera, y era sincera: le temblaban las manos—. Pero cada vez lo hago fatal un poco mejor.
Volvió a la 311. Se quedó con el hijo de la señora Casals hasta las tres, sin decir casi nada, porque ya lo había dicho todo dos veces y lo que aquel hombre necesitaba no era información. En algún momento, él preguntó en voz baja si su madre podía oírle. Vera dijo que el oído es lo último que se va, y que se lo dijera todo. Después salió al pasillo y no se apoyó en la pared: lo hizo por dentro, con el método del cuaderno — un repaso rápido, casi de inventario: ¿dónde está mi mente? ¿qué está haciendo? ¿sigue atada la cuerda? Encontró cansancio, encontró la pena limpia de la 311, encontró todavía un rescoldo de Marga pidiendo revancha en un rincón. Lo miró sin darle asiento. Se apagó solo, casi con vergüenza.
A las seis y diez, con la noche ya vencida, pasó lo de Iker.
Vera entró en la 305 a cambiar una bomba de infusión. Sabía quién era: nueve años, una leucemia que había agotado ya dos protocolos, ingresado en la unidad para control de síntomas mientras decidían si quedaba algo que intentar. Dormía poco, le habían dicho. Lo encontró despierto, incorporado en la penumbra, mirándola trabajar con unos ojos enormes y serenos que no pedían nada.
—¿Tú también tienes miedo por las noches? —preguntó el niño, con el tono exacto de quien pregunta la hora.
Vera terminó de purgar la vía. Pensó en mentir, como se miente a los niños, por higiene. No le salió.
—A veces —dijo—. Esta noche un poco, sí.
—¿Y qué haces?
—Últimamente… —Vera buscó las palabras del cuaderno y encontró unas suyas—: vigilo la puerta. Al miedo lo dejo llamar, pero no le abro yo. ¿Y tú?
Iker se lo pensó con seriedad de nueve años.
—Yo le pongo nombre de perro. Miedo, sentado. A veces se sienta. —Se encogió de hombros—: A veces no. Es un perro malísimo.
Vera se rio por primera vez en toda la guardia, una risa corta y verdadera que tuvo que apagar por el silencio de la planta, y que la sostuvo hasta el final del turno mejor que el café. En el vestuario, a las ocho, escribió en su libreta —porque había empezado a llevar una, azul, comprada sin querer reconocer a quién estaba imitando— unas pocas líneas:
El monje tiene razón: no puedo forrar el mundo de cuero. Pero esta noche he caminado por brasas con mis dos suelas de nada, y no me he quemado.
P. D.: Hoy era catorce de noviembre. Esta vez el teléfono ha estado encendido toda la noche.
P. D. 2: Iker le pone al miedo nombre de perro. Apuntar todo lo que diga este niño.
Continuará.