Historia — Las páginas en blanco
La nueva se llamaba Lucía, tenía veinticinco años, y Vera la encontró llorando en el office un miércoles de junio, a las siete y diez de la mañana, exactamente donde ella misma había llorado tantas veces que el cuerpo le guardaba el sitio.
Llevaba tres meses en la unidad. Venía de urgencias, con nota media de sobresaliente y esa eficiencia asustada de los recién llegados que creen que no parar es lo mismo que poder con todo. Esa noche se le había muerto su primer paciente joven —una mujer de treinta y un años, madre de un niño pequeño— y a Lucía se le había roto por dentro la teoría completa de por qué había estudiado enfermería.
—Lo siento —dijo al ver entrar a Vera, secándose deprisa con el dorso de la mano—. Ya paro. Es poco profesional.
—Es lo más profesional que he visto hacer esta semana —dijo Vera, y cerró la puerta, y puso a calentar el agua del té, que era la señal internacional del office para tenemos tiempo.
Hablaron veinte minutos. Mejor dicho: Lucía habló y Vera hizo lo que Tomás le había enseñado sin enseñárselo — escuchar sin perder el pasillo. Y en algún momento, Lucía empezó con las mismas tres palabras —«no lo entiendo»— con que Vera se había plantado ante don Aurelio en la habitación 412 hacía un año y una vida:
—Es que no lo entiendo. Usted lleva mil años en esto. Ve morir gente cada semana. ¿Cómo hace para que no se le apague… —se buscó la palabra en las manos— …todo?
Vera se quedó mirando su taza. Pensó: ahí estoy yo, hace poco más de un año, corriendo por los pasillos para no quedarme. Y pensó también, con una punzada de vértigo alegre, en lo que tocaba hacer ahora. Lo supo con total claridad, como se saben de pronto las cosas largamente preparadas: supo para qué eran las páginas en blanco.
Porque el cuaderno azul terminaba raro. Lo había descubierto en mayo, al llegar al final: tras el capítulo de la sabiduría, donde debía estar el décimo y último capítulo —«la dedicatoria», anunciaba el índice de don Aurelio—, había solo una página escrita, y después, en blanco, todas las demás. La página decía:
Capítulo diez. El más corto de mis resúmenes, porque este capítulo no se resume: se hace.
Toda la vida me han enseñado a terminar las cosas guardándolas. Se acaba el trabajo y se archiva. Se acaba la comida y se guardan las sobras. Se acaba la vida y se hace testamento, que es la manera solemne de guardar. El monje termina su libro al revés: lo regala entero. Cada verso del final es un «que pueda esto servir para…»: que los que tienen frío encuentren calor, que los ciegos vean, que los desanimados se animen, que los que viajan lleguen, que los que buscan encuentren. Página tras página, va cogiendo todo el bien que ha hecho al escribir —¡mil versos, años de trabajo!— y lo va repartiendo hasta quedarse sin nada, como esos abuelos que vuelven de la panadería sin pan porque el camino estaba lleno de nietos.
Y entonces entendí por qué la tradición dice que en este tratado la generosidad no tiene capítulo propio. Sí lo tiene. Es este. La generosidad no se explica: se despide.
Hay un verso, Vera, que los tibetanos consideran el corazón de todo el libro. El Dalái Lama dice que es su fuente principal de inspiración. Dice así: «Por tanto tiempo como exista el espacio y por tanto tiempo como existan seres errantes, pueda yo permanecer ese mismo tiempo, disipando los sufrimientos de los seres errantes». Léelo despacio. No pide descanso, ni premio, ni final. Pide quedarse. Es la frase de amor más grande que conozco, y no la dice nadie a nadie: la dice cualquiera a todos.
Las páginas que siguen están en blanco y no es un descuido. Este cuaderno era mis notas, y mis notas se acaban aquí, porque la dedicatoria de un libro así no puede copiarse: cada uno escribe la suya. Cuando la tengas —sabrás cuándo—, escríbela. Y luego haz con el cuaderno lo único que se puede hacer con un cuaderno así.
Ya sabes el qué. Te lo dije en la primera página: lo que buscas cuidando, aquí tiene nombre. Ahora ya lo sabes. Haz que lo sepa otro.
Vera había leído esa página una docena de veces en tres semanas, sin atreverse con las páginas en blanco. ¿Qué iba a escribir ella al lado de un monje del siglo VIII y de un maestro de escuela que sabía despedirse mejor que nadie? Cada vez que lo intentaba le salían frases de tarjeta, y las tachaba, y volvía a guardar el cuaderno.
Esa noche, después del té con Lucía, se sentó en la cocina y escribió del tirón, sin tachar, porque por fin no escribía «una dedicatoria»: escribía para alguien.
Dedicatoria de Vera Miralles, enfermera, 35 años, que recibió este cuaderno sin merecerlo y lo entrega igual.
Que todo lo bueno que me ha pasado por dentro desde que leo estas páginas —la paciencia que no sabía que tenía, el miedo que aprendió a sentarse, la culpa que por fin se dijo en voz alta, la silla vacía en la que aprendí a sentarme— no se quede en mí, porque en mí se echaría a perder, como se echa a perder el agua quieta.
Que le llegue a mi hermana Amaia, que me perdonó seis años antes de que yo pidiera perdón. A Tomás, que acompaña desde una silla de capilla y no lo llama meditar ni lo llama nada. A Marga, y al hijo de Marga, que está en la tercera semana del centro de día y va aprendiendo, como todos nosotros, a sentar a su perro. A Yasmin, que vela a su madre en el idioma de los dos países. A los padres de Iker, a quienes deseo lo que no se puede desear con palabras, y por eso les deseo lo del monje: que encuentren calor los que tienen frío. Al señor Ferrán, donde esté, navegando por fin en paz con su hermano; que discutan poco.
Que le llegue a Lucía, que lloró hoy por una desconocida y cree que eso la hace débil, cuando es la prueba de que trajo entero el único instrumental que no vende nadie.
Y que le llegue a la gente que no conozco: a los que están ahora mismo en una habitación 412 de cualquier hospital del mundo, en cualquiera de los dos lados de la cama. A los que corren por los pasillos para no quedarse. Que se queden. Que descubran lo que descubrí: que el muro que nos protege es el que nos agota, y que se cuida mejor con la puerta abierta.
No sé decirlo mejor que el monje, así que termino con él, y que él me perdone la osadía de firmar debajo: por tanto tiempo como exista el espacio, y por tanto tiempo como existan seres que sufren, que pueda yo quedarme —en este turno, en esta planta, en esta vida y en lo que venga— disipando el sufrimiento que me quede a mano.
V.
Al día siguiente, jueves, esperó a que acabara el turno de Lucía. La alcanzó en el vestuario, con las taquillas abriéndose y cerrándose alrededor, y le puso en las manos un paquete envuelto en papel de estraza.
—¿Qué es? —preguntó Lucía.
—Las notas de un libro muy viejo —dijo Vera—. Lo escribió hace mil trescientos años un monje del que todos se burlaban porque creían que no valía para nada. Lo anotó un maestro de escuela que se murió como otros enseñan. Y lo terminó de estropear una enfermera que corría mucho. —Sonrió—. Se lee despacio, capítulo a capítulo. Y entre capítulo y capítulo hay que vivir un poco, si no, no funciona.
Lucía deshizo el envoltorio lo justo para ver las tapas azules, gastadas en las esquinas, y levantó una mirada interrogante.
—¿Y por qué yo?
Vera se colgó la mochila, que pesaba menos que en muchos años, y contestó ya desde la puerta, con las palabras exactas, heredadas dos veces:
—Para la que cuida. Lo que buscas cuidando, ahí tiene nombre.
Fin de la historia. El curso continúa dos capítulos más.