Historia — El caballo y la mota de algodón
La noticia llegó en enero, disfrazada de tecnicismo, como llegan siempre las peores: progresión de la enfermedad, sin respuesta al tercer protocolo, se desestima nueva línea de tratamiento. Traducido del idioma de los comités: a Iker ya no iban a intentar curarle. Quedaba cuidarle bien. Para eso estaba, precisamente, la unidad de Vera.
Vera leyó el informe dos veces en el control de enfermería, con la taza de café parada a medio camino. Después fue a la 305, comprobó la medicación, ajustó la persiana porque el sol le daba al niño en los ojos, contó dos chistes malos —Iker los coleccionaba, cuanto peores mejor— y salió con la sonrisa profesional intacta. Aguantó exactamente hasta el office.
Lo que se le rompió esa tarde no fue el corazón; era más raro y más peligroso. Se le rompió el para qué. En febrero del año anterior habría reconocido la sensación: aquella anestesia gris que precedió a la carta de renuncia. Pero ahora venía con argumentos nuevos, argumentos de conversa: ¿de qué servía todo el cuaderno, el voto en la capilla, las suelas de cuero, la paciencia con Marga, si al final un niño de nueve años se moría igual? ¿De qué servía que ella se hiciera mejor, si el mundo no se enteraba? El bien era un cubo con el fondo agujereado. Ella llevaba un año acarreando agua.
Los síntomas se instalaron con una suavidad de niebla. Dejó de abrir el cuaderno azul: «esta semana no, estoy cansada». Aplazó dos veces la matrícula del posgrado de cuidados paliativos que llevaba meses preparando: «¿para qué, a estas alturas?». Descubrió el atractivo hipnótico del sofá y del móvil, ese desplazar el pulgar por vidas ajenas hasta que se hace la hora de dormir mal. No era tristeza exactamente. Era pereza con uniforme de filosofía: nada de lo que hagas cambia lo esencial, así que no hagas nada.
Fue Tomás quien le puso nombre, un domingo en la capilla, cuando Vera le contó todo aquello con un encogimiento de hombros que pretendía ser madurez.
—Ah —dijo el viejo celador—. Esa la conozco. Es la peor de las tres.
—¿Las tres qué?
—Las tres perezas. —Tomás sonrió al ver la cara de Vera—. ¿Qué pasa, tu monje no las ha explicado todavía? Pereza de dormir, pereza de distraerse y pereza de rendirse. La tercera es la peor porque no parece pereza: parece lucidez. Uno no dice «no tengo ganas»; dice «no tiene sentido». Y contra el «no tengo ganas» hay remedios, pero el «no tiene sentido» tiene respuesta para todo. —Se miró las manos, veinte años de empujar camas—. Cuando se me murió mi Rosa, estuve mucho tiempo en esa. Sin rezar, sin sentarme, sin nada. ¿Sabes qué me sacó?
—¿Qué?
—Una tontería. Vi a un chaval de la limpieza, nuevo, fregando el vestíbulo a las seis de la mañana, silbando. Silbando, Vera. Fregaba veinte metros que a las ocho ya estarían pisoteados, y silbaba. Y pensé: este chico sabe algo que yo he olvidado. —Tomás se encogió de hombros—. No me preguntes qué sabía. Pero al día siguiente me busqué una silla. Y aquí sigo.
Esa noche, Vera abrió el cuaderno por primera vez en tres semanas. El capítulo séptimo. Y don Aurelio, como siempre, la estaba esperando:
Este capítulo trata de la energía, Vera, y tiene el diagnóstico más fino que he leído nunca sobre el desánimo. El monje dice que la pereza tiene tres caras: la del sueño y el sofá; la de ocuparse mil horas en cosas que no importan (¡también es pereza estar ocupadísimo!); y la peor: menospreciarse. «¿Cómo puede haber iluminación para alguien como yo?» Fíjate qué trampa: parece humildad y es deserción. Y el monje contesta con el argumento del mosquito, que es mi favorito de todo el libro: si hasta los mosquitos y los gusanos, dice, tienen la naturaleza que despierta y llegarán algún día a la budeidad, ¿cómo no vas a llegar tú, que ya sabes distinguir el bien del daño? Cuando leí eso me reí en voz alta, solo, en mi cocina. Ochenta años y me consoló un mosquito.
Vera no se rio. Todavía no. Pero siguió leyendo, y encontró el verso que se le clavó como se clavan solo las cosas exactas:
«Con esto aún pendiente, con esto apenas empezado, con esto aún a medio hacer, y el señor de la muerte ha venido de repente, y surge el pensamiento: “¡Oh no, estoy destruido!”».
Con esto a medio hacer. Miró alrededor de su vida: el posgrado sin matricular, el cuaderno a medio leer, la libreta azul abandonada en la mochila. Su argumento era que nada servía porque todo se acababa. El monje le daba la vuelta: precisamente porque todo se acaba, lo único indefendible es dejarlo a medias. El cubo tenía el fondo agujereado, sí. Como todos los cubos de todos los que han regado algo alguna vez. Los jardines no crecen porque el cubo retenga el agua. Crecen porque alguien sigue yendo a la fuente.
Pero fue Iker, cómo no, quien remató la faena.
Fue un martes de febrero. Vera entró en la 305 y se encontró al niño incorporado, con la bandeja con ruedas cruzada sobre la cama, resolviendo una hoja de multiplicaciones con la concentración feroz de quien desactiva una bomba. Al lado, un cuadernillo: Matemáticas, 4.º de Primaria, segundo trimestre.
—Me las trae mi tutora —explicó Iker sin levantar la vista—. Voy por las del ocho. Las del siete me las sé enteras. ¿Me preguntas?
Vera cogió el cuadernillo con un nudo en la garganta del tamaño de un puño. Sabía —los dos equipos médicos sabían, los padres sabían, quizá hasta el propio Iker, con ese radar espantoso de los niños enfermos, sabía— que las probabilidades de que Iker volviera a sentarse en un aula de cuarto de primaria eran las que eran. Preguntó las del siete. Se las sabía enteras, con un tropiezo teatral en el siete por ocho que resolvió cerrando los ojos.
—¿Y por qué estudias con tantas ganas? —se le escapó a Vera, y en el mismo segundo se habría cortado la lengua.
Iker levantó la vista por fin. No parecía ofendido. Parecía sorprendido de que hiciera falta explicarlo.
—Porque me gustan las multiplicaciones —dijo—. Me gusta cuando el número sale. —Y volvió a su hoja, y añadió, con la crueldad casual de los nueve años—: Tu problema es que haces las cosas para que sirvan. Yo las hago porque me salen.
Vera salió de la 305, cerró la puerta, y se quedó un minuto entero apoyada en el pasillo, sin saber si lo que le subía por el pecho era llanto o risa, hasta que descubrió que eran las dos cosas y que no hacía falta elegir. Me gusta cuando el número sale. Ahí estaba, dicho por un niño con el pelo recién caído, el secreto del chaval que silbaba fregando: el bien no se hace porque el resultado dure. Se hace como se canta, como se multiplica por siete: porque sale, y al salir, suena.
Esa noche se matriculó en el posgrado. Le costó veinte minutos y dos formularios, y cuando le llegó el correo de confirmación sintió una alegría desproporcionada e idiota, una alegría de siete por ocho cincuenta y seis. Después abrió el cuaderno y encontró, en el cierre del capítulo, el verso que copiaría a mano en la primera página de sus apuntes del posgrado:
«Tal como el viento que, en su ir y venir, toma control de una mota de algodón, así yo, con vigor entusiasta, tomaré control sobre mí mismo y obtendré, de esta forma, el éxito espiritual».
Y la última nota de don Aurelio en ese capítulo, que ya no le pareció de monje ni de maestro, sino de jardinero:
La energía que buscas no está detrás de la obligación, Vera. Está detrás de la alegría. El caballo del monje se llama bodichita y no tira del carro porque lo azoten: tira porque va de gozo en gozo, como los niños buenos multiplicando. El día que entiendas esto, descansar te dará fuerza y trabajar también. Firmado: un viejo que aprendió a silbar a los ochenta.
Continuará.