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La guía del bodisatva: el camino de Shantideva

7 · 6. La paciencia7 min read

Historia — La vara y la mano

El parte de incidencias llegó un martes, con registro de entrada y copia a dirección de enfermería. Tres folios. Firmados por Marga.

«Administración de medicación con retraso reiterado en el turno de noche del 14 de noviembre.» «Comunicación deficiente con la familia de la habitación 311.» «Actitud desafiante ante la supervisión.» Cada frase era técnicamente cierta y sustancialmente falsa, como esos retratos robot que tienen la nariz exacta y no se parecen a nadie. La noche del catorce de noviembre había sido la guardia rota, la de la señora Casals y el ingreso urgente y el pánico del señor Ferrán, la noche en que Vera no se había perdido a sí misma. Y ahora existía, en un archivador oficial, una versión de esa noche en la que Vera era el problema.

—Recurre —le dijo la compañera del turno—. Tienes testigos. Esa mujer te tiene ganas desde hace años, esto ya es personal.

Vera pasó dos días de un enfado espeso, obsesivo, de los que cocinan a fuego lento. Se descubrió redactando mentalmente el recurso en la ducha, en el autobús, delante de la nevera abierta sin saber qué había ido a buscar. El recurso mental fue creciendo: ya no solo respondía al parte; enumeraba diez años de Marga, con fechas. Era un documento magnífico. Ganaba en todas las versiones.

El miércoles por la noche abrió el cuaderno azul, más por hábito que por ganas, y el capítulo sexto la estaba esperando como una emboscada:

«Cualquier generosidad, ofrendas […] así como acciones positivas que haya acumulado durante miles de eones — un (momento de) odio las destruirá todas».

Y debajo, don Aurelio:

Este capítulo, Vera, es el más importante del cuaderno para gente como tú y como yo, que no nos creemos iracundos porque nunca damos gritos. El monje no habla solo de la furia con portazos. Habla del rencor gourmet, del que se cocina a fuego lento y se sirve frío en forma de recurso, de silencio, de razón llevada como un arma. Dice que un momento de eso quema cosechas enteras de lo bueno. Yo perdí años así, ganando discusiones dentro de mi cabeza. Se gana siempre, ¿verdad? Es lo malo. En los tribunales imaginarios no se ha perdido nunca un juicio.

Vera cerró el cuaderno de golpe, con la incomodidad exacta de quien enciende la luz y se encuentra el espejo. En los tribunales imaginarios no se ha perdido nunca un juicio. Llevaba dos días de vista oral.

Volvió a abrirlo. El monje hacía una pregunta de una simpleza insultante:

«Si puede remediarse, ¿por qué ponerse de mal humor al respecto? Y si no puede remediarse, ¿de qué sirve ponerse de mal humor al respecto?»

El parte podía recurrirse: pues se recurre, con fechas y testigos, sin necesitar el enfado para redactarlo — el enfado no escribía mejor que ella. Y lo que no podía remediarse —que Marga fuera Marga— no mejoraba por mucho que Vera lo cocinara. Hasta ahí, lógica de manual. Pero el monje iba más lejos, a un sitio donde la lógica se volvía vértigo:

«Al haber dejado de lado la verdadera (causa de mi dolor), una vara o similar, si me enfurezco con la persona que la blandió, bueno, de hecho, él fue incitado por el enojo, así que él (también) es secundario. Sería más adecuado enfurecerme con su enojo».

Don Aurelio lo glosaba con una imagen que Vera no olvidaría:

Cuando te pegan con una vara, no te enfadas con la vara. Sabes que la movió una mano. El monje pide un paso más, solo uno: la mano también la movía algo. ¿Alguna vez has visto a alguien en paz hacer daño? Yo tampoco. Detrás de cada vara hay una mano, y detrás de cada mano hay un incendio que nadie eligió tener. La pregunta experta no es «¿cómo se atreve?». Es «¿qué le está ardiendo?».

Vera pensó, a su pesar, en la pregunta. ¿Qué sabía de Marga, después de diez años? Que llegaba antes que nadie y se iba después que nadie. Que no se le conocía familia en las conversaciones de office, y que una vez, hacía años, alguien dijo algo de un hijo y Marga salió de la sala con una excusa de papel. Que sus incidencias eran legendarias, y que las clavaba siempre en el personal que mejor trabajaba, como si la competencia ajena fuera una forma de acusación.

El recurso lo presentó el lunes. Dos folios secos, exactos, con los registros de medicación adjuntos y la declaración de la auxiliar. Ni un adjetivo. Le costó tres borradores llegar a esa sequedad: los dos primeros los escribió el incendio, y los reconoció a tiempo porque ya sabía cómo escribía el incendio — brillante, hiriente, con la nariz exacta y sin parecido.

Y entonces, un jueves de diciembre, a las nueve de la noche, Vera bajó por la escalera de servicio para evitar el ascensor en obras y encontró a Marga sentada en un escalón del rellano del segundo, con el móvil en la mano y la cara desarmada.

No la vio hasta tenerla a tres metros. Marga se levantó de golpe, se recompuso el gesto con una velocidad de años de práctica, y por un instante las dos mujeres se quedaron en el silencio hueco de la escalera, con todo el archivo de agravios flotando entre ellas.

Vera podría haber pasado de largo. Habría estado justificado; tenía el parte en el bolsillo y el rencor bien alimentado. Después no supo explicar del todo por qué hizo lo contrario. Solo pudo decir que llevaba semanas mirando manos y varas, y que la cara de Marga en aquel rellano no era la cara de una supervisora: era la cara de la 311, la del hijo de la señora Casals, la cara universal de la sala de espera.

—¿Está usted bien? —dijo. El «usted» le salió solo, un usted raro entre compañeras, casi de enfermera a paciente.

Marga estuvo tres segundos decidiendo entre el sarcasmo y la verdad. Perdió el sarcasmo, quizá por cansancio.

—Mi hijo —dijo, y la palabra le salió con el óxido de lo que no se pronuncia nunca en voz alta—. Está otra vez en urgencias. En el Provincial. Tercera vez este año. —Miró el móvil como se mira un veredicto—. Sobredosis. Estable. «Estable.» Llevo veinte minutos sin ser capaz de bajar hasta el coche.

Y Vera vio el incendio entero, de golpe, con una claridad que casi dolía: veinte años de un hijo quemándose a fuego lento, y una mujer llegando antes que nadie y yéndose después que nadie porque el hospital era el único incendio que sabía apagar; las incidencias clavadas en los mejores como quien comprueba, una y otra vez, que el control existe, que los fallos se detectan, que las cosas —en algún sitio, aunque sea en un archivador— pueden todavía ordenarse. No la absolvía. El parte seguía siendo injusto y el recurso seguiría su curso. Pero era imposible, físicamente imposible, seguir enfadada con la vara mientras se le veía la quemadura a la mano.

—La acompaño al coche —dijo Vera.

—No hace falta.

—Ya sé que no hace falta.

Bajaron dos pisos en silencio. En la puerta del aparcamiento, Marga se detuvo, con las llaves en la mano, sin mirarla:

—El parte… —empezó.

—El parte está recurrido y se resolverá como se resuelva —dijo Vera, sin dureza—. Esto no tiene que ver con el parte.

Marga asintió despacio, como quien encaja una pieza que no esperaba. Ya dentro del coche, bajó la ventanilla:

—Aquella noche del catorce —dijo— tú sacaste adelante la planta entera. Lo sé. Lo sabía cuando lo firmé. —Arrancó, y lo último se lo dijo casi sin voz—: Gracias.

Vera volvió a casa andando, media hora bajo un frío limpio. En la libreta azul, antes de dormir, escribió:

Hoy he entendido lo que dice el monje de que el enemigo es un tesoro. No porque me guste el golpe. Porque nadie más que Marga podía enseñarme esto: que la paciencia no es aguantar. Es ver. Y que no se puede odiar a nadie a quien se le ha visto la quemadura.

P. D.: El perro de Iker ha aprendido dos trucos nuevos. Dice que el miedo ya casi siempre se sienta. Ojalá aprendiera yo tan rápido como este niño.

Continuará.