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La guía del bodisatva: el camino de Shantideva

10 · 9. La sabiduría: la vacuidad8 min read

Historia — Dónde va la ola

Iker murió un martes de abril, a las cinco y cuarenta de la madrugada, doce días después de su décimo cumpleaños.

No fue una sorpresa y no importó nada que no lo fuera. Vera había aprendido hacía años que la palabra «esperado» no amortigua: solo reparte el golpe en cuotas. Estuvo de turno esa noche, por petición propia y del propio Iker, que dos semanas antes, con la lucidez tranquila que a veces se les concede a los niños al final, le había preguntado si trabajaría «la noche que me toque», como quien reserva asiento.

Estuvieron sus padres, uno a cada lado de la cama, haciendo lo más difícil que existe, que es no hacer nada: estar. La habitación olía a la colonia infantil con que su madre se empeñaba en peinarle aunque ya casi no quedara pelo que peinar. En la mesilla estaba el cuadernillo de matemáticas, cerrado, con un boli dentro señalando la página de las divisiones, que ya no llegó.

A las cinco y media, Iker abrió los ojos por última vez. Encontró a su madre, encontró a su padre, y encontró a Vera al pie de la cama. Y con un hilo de voz que ella oiría el resto de su vida, dijo:

—Miedo… sentado.

Y una comisura le tembló hacia arriba, el fantasma de una sonrisa de las suyas, y añadió, tan bajo que solo Vera lo leyó en los labios más que oírlo:

—Ya casi siempre… se sienta.

Diez minutos después, el monitor que ya nadie miraba dibujó su última línea, y el silencio de la 305 se volvió de otra materia, ese silencio que las enfermeras de paliativos reconocen entre mil: el de la habitación donde ahora sobra una cama y falta un mundo.

Vera hizo todo lo que había que hacer, en el orden en que había que hacerlo, con las manos serenas de doce años de oficio. Sostuvo a la madre, que se dobló como se doblan los árboles jóvenes, de golpe y sin ruido. Trajo café que nadie bebió. Llamó a quien había que llamar. Preparó el cuerpo pequeño con una ternura de liturgia, hablándole bajito mientras lo hacía, porque el oído es lo último que se va y nadie ha demostrado nunca del todo lo contrario.

Y a las ocho y veinte, cuando terminó el turno, salió del hospital, caminó hasta el rompeolas del puerto —cuarenta minutos que no recordaba haber andado—, se sentó en un bloque de hormigón frente al mar de abril y se rompió como no se había roto en toda su vida adulta.

No abrió el cuaderno azul en nueve días.

No fue rabia contra el cuaderno. Fue algo más raro: miedo. Porque sabía qué capítulo tocaba. Lo había hojeado semanas atrás: el noveno, el de la sabiduría, el que don Aurelio llamaba «la cumbre». Y sabía —lo sabía por las notas entrevistas, por las conversaciones con Tomás— que ese capítulo decía cosas sobre la realidad, sobre el «yo», sobre la existencia, que en los libros se llaman vacuidad. Y Vera no quería oír, a nueve días de cerrar los ojos de un niño, que nada existía de verdad. Si el cuaderno iba a decirle eso, prefería no abrirlo nunca.

Lo abrió el décimo día, a las dos de la madrugada, porque el insomnio es más fuerte que el miedo.

Y encontró, antes del capítulo, una página entera de don Aurelio que no era una nota al margen. Era una carta.

Vera: si has llegado aquí en un mal momento —y a este capítulo casi siempre se llega en un mal momento; la vida se encarga—, déjame decirte primero lo que este capítulo NO dice. No dice que nada importa. No dice que el dolor sea una ilusión de tontos. No dice que la persona que has perdido no existiera. El monje lo avisa con todas las letras: aquí no se niega lo que se ve, se oye o se conoce. Lo que se arranca es otra cosa: una idea equivocada sobre CÓMO existen las cosas, una idea que llevamos de fábrica y que es, dice él, la raíz de todo el sufrimiento. Te lo explico como me lo expliqué a mí, que llegué a este capítulo el año que enterré a mi hermana, con las mismas pocas ganas que tú ahora.

Toda la vida creemos que las cosas —y las personas, y uno mismo— existen como canicas: sueltas, selladas, cada una encerrada en sí misma, cada una con su frontera. Y por eso la muerte nos parece lo que le pasa a una canica que desaparece del saco: un agujero, un robo, una resta. El monje se pasa el capítulo buscando la canica. Busca el «yo» por todo el cuerpo: no está en los dientes ni en el pelo ni en los huesos ni en la sangre. Busca el cuerpo entero: no está en las manos ni en los pies ni en ninguna de sus partes, ni fuera de ellas. Busca cada cosa, y debajo de cada cosa, y no encuentra jamás la canica: encuentra encuentros. Encuentra que cada cosa está hecha de otras cosas, sostenida por otras, definida por otras — como un padre, fíjate qué ejemplo pone, que no es padre hasta que existe el hijo. Nada existe encerrado en sí. Todo existe apoyado en todo. A eso le llaman vacuidad: no a que no haya nada, sino a que no hay canicas. El mundo no está hecho de cosas sueltas, Vera. Está hecho sin costuras.

¿Y sabes qué descubrí yo, el año de mi hermana, cuando por fin entendí esto? Que era la mejor noticia que me habían dado nunca. Porque si ella hubiera sido una canica, la muerte se la habría llevado entera, y punto: resta limpia, saco más vacío. Pero no era una canica. Era un cruce de caminos: los gestos de mi madre estaban en sus manos, su risa está ahora en la mía —me lo dicen todos—, su manera de hacer las cuentas la tienen dos generaciones de alumnos suyos que ni se acuerdan de dónde la sacaron. Cuando busqué a mi hermana la encontré en todas partes, menos en el único sitio donde había creído que estaba: dentro de la canica. La ola vuelve al mar, Vera. Y el mar no pierde el agua.

Vera dejó el cuaderno sobre la mesa de la cocina. Estuvo mucho rato quieta.

Pensó en Iker. Lo intentó, deliberadamente, con método, como había aprendido a hacer los ejercicios del cuaderno: buscar a Iker, la canica Iker, el niño sellado y aparte que la muerte se habría llevado entero. Y le pasó lo que a don Aurelio. No lo encontró en ninguna parte — y lo encontró en todas. La sangre de Iker había sido, durante meses, sangre de donantes anónimos: literalmente, el niño estaba hecho de la generosidad de desconocidos. Sus chistes malos eran de su padre, que los traía de la fábrica como quien trae el pan. Su valentía era en parte de su madre y en parte —esto Vera lo sabía de primera mano— del propio miedo, adiestrado a sentarse a fuerza de nombrarlo. Su «miedo, sentado» vivía ahora en Vera, que lo usaba en cada guardia; y en la auxiliar nueva, que se lo había oído contar; y en dos padres que esa madrugada, en el peor momento de sus vidas, habían sonreído —Vera lo vio— al oírselo decir por última vez. El perro amaestrado de un niño de diez años seguía trabajando.

No era consuelo de tarjeta. No le devolvía a Iker; nada lo devolvía, y el capítulo —tuvo que releerlo dos veces para creérselo— no pretendía eso. El dolor seguía allí, entero, legítimo: la parte del mundo que Iker había ocupado con su forma exacta dolería siempre, como una lengua vuelve al hueco de un diente toda la vida. Pero algo sí había cambiado, algo preciso: la aritmética. La muerte había dejado de ser una resta limpia. La ola había vuelto al mar, y el mar —Vera lo comprobaba a cada gesto, en su propia manera nueva de decir «miedo, sentado» al entrar en según qué habitaciones— no había perdido el agua.

Al final de la carta, don Aurelio había añadido una posdata con otra letra, más temblona, claramente escrita mucho después:

P. D. — Ahora esto va también por mí, claro. Cuando leas esta página, la mano que la escribió ya no estará. No la busques en la canica: nunca estuve ahí. Búscame en el cuaderno, que para eso lo hice. El monje cuenta que hay curanderos que consagran una vara sanadora, y que la vara sigue curando cuando el curandero ya murió hace tiempo. Toda enseñanza es eso, Vera. Toda persona es eso, si vivió mirando hacia fuera. Esta es mi vara. Funciona sola. Ya lo estás notando.

Vera lloró otra vez, pero era otra agua: de la que riega. Después, por primera vez en diez días, durmió de un tirón.

Y el domingo hizo algo que llevaba días rondándole. Buscó a la madre de Iker —todavía venía por la unidad a recoger papeles, con esa lentitud de los recién amputados— y le pidió permiso para quedarse una cosa: el cuadernillo de matemáticas. La madre la miró un momento largo y dijo que sí, que Iker habría querido, «porque usted era la de los chistes con números». Y Vera se llevó a casa un cuadernillo de cuarto de primaria con las divisiones sin empezar, y lo puso en la estantería junto a un cuaderno de tapas azules, y si alguien le hubiera preguntado por qué, habría contestado con la única aritmética que ya le parecía seria:

Las cosas no se acaban donde se acaban. Se acaban donde dejan de dar fruto. Y estas dos varas seguían dando.

Continuará.