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La guía del bodisatva: el camino de Shantideva

9 · 8. La concentración: igualarse e intercambiarse5 min read

Complemento — Cómo leer la meditación sobre el cuerpo deseado [8, 40-70]

La enseñanza de esta sección pasó deprisa por un tramo del capítulo 8 que ningún curso honesto puede esquivar: la treintena de versos [8, 40-70] en que Shantideva desmonta el deseo sexual mediante la contemplación del cuerpo como «una carcasa de huesos, unidos con tendones y cubiertos con un emplaste de carne» [8, 52], culminando en la insistente imaginería del cuerpo como «bolsa de excremento». Este complemento explica qué es ese pasaje, para quién fue escrito y cómo leerlo con provecho — o cómo dejarlo de lado sin perder nada esencial.

Qué es técnicamente este pasaje

Se trata de una práctica clásica con nombre propio: la meditación en lo desagradable (ashubha-bhavana), atestiguada desde los textos budistas más antiguos. Su mecánica: el deseo compulsivo se alimenta de una percepción selectiva —ve la superficie (piel, forma, adorno, perfume) y edita todo lo demás—; la meditación reequilibra deliberadamente la imagen completando lo editado (lo que hay bajo la piel, lo que el cuerpo produce, en qué termina). No pretende describir «la verdad» del cuerpo — pretende corregir una mentira de la percepción deseante. Por eso Shantideva subraya el absurdo lógico del deseo: ama un rostro que, descubierto por los buitres en el osario, provoca huida [8, 43-45]; se perfuma con sándalo y atribuye al cuerpo el aroma del sándalo [8, 65-67]; desea tocar lo que no soportaría ver por dentro [8, 62-64]. Y por eso el análisis final es idéntico al que el texto aplica a todo: buscas a la persona, pero «cualquier mente que puedas desear no puede ser tocada ni vista, y aquello que puede ser tocado y visto no tiene una consciencia» [8, 55] — el objeto del deseo, examinado, se disuelve como las aflicciones en [4, 46-47].

Tres claves de lectura

1. El destinatario es un monje célibe, y el objetivo es su obsesión — no las mujeres, no el cuerpo, no la sexualidad humana en general. El pasaje está escrito en segunda persona para un renunciante varón cuya mente ronda lo que ha prometido dejar. En la literatura paralela para monjas, la misma meditación se aplica al cuerpo masculino: el análisis es simétrico y el blanco es el aferramiento, no un género. Léelo como lo que es: medicina de dosis alta para una adicción concreta, recetada dentro de un voto de celibato. Shantideva mismo da la clave al volverla contra el propio practicante: «que no entiendas que tu propio cuerpo, por naturaleza, es algo (lleno de) excremento — ¡eso es realmente impactante!» [8, 56]. El espejo apunta hacia dentro.

2. El contexto argumental es la concentración, no la moral. El pasaje está dentro de la sección «abandonar el pensamiento discursivo» (El sol resplandeciente): su función es liberar a la mente contemplativa de su distracción más pegajosa, y el propio comentario lo generaliza a las «ocho preocupaciones mundanas» — ganancia y pérdida, placer y dolor, alabanza y crítica, fama y descrédito. El deseo sexual es el ejemplo extremo de una clase: los bucles mentales que impiden la absorción. Si tu bucle es otro (la comida, el reconocimiento, la pantalla), la mecánica de la meditación —completar deliberadamente lo que la percepción deseante edita— se aplica igual: mirar el ciclo completo del objeto, su coste completo [8, 71-83], su final.

3. El budismo no enseña asco por el cuerpo como doctrina. Recuerda [5, 66-70]: el cuerpo es barco y empleado, se le paga su salario y se le da buen uso; y [7, 14]: es la barca preciosa «tan difícil de volver a abordar». La contemplación de lo desagradable es un correctivo temporal que se aplica cuando el apego distorsiona, igual que la meditación en la muerte se aplica cuando la procrastinación adormece. Ninguna de las dos es la visión final: la visión final, la del capítulo 9, es que el cuerpo —como todo— está vacío de existencia independiente, ni asqueroso ni adorable en sí. Los comentaristas comparan estas meditaciones con medicinas: se toman contra una enfermedad concreta y se dejan cuando la enfermedad cede.

El tramo económico [8, 71-83]

Menos comentado pero muy actual es el análisis del coste del deseo que sigue: la vida gastada en adquirir y proteger — los que se agotan «con el trabajo de todo el día» y caen «dormidos como si estuvieran muertos» [8, 73], los que emigran y pasan años sin ver a sus hijos [8, 74-76], los que arriesgan la vida por un salario [8, 77-78]. «Con los tormentos (involucrados) en acumularla, protegerla y perderla, sepamos que la ventaja material es una desventaja sin fin» [8, 79]. Y el cálculo demoledor: el placer obtenido es «como los pocos bocados de pasto que puede arrancar un buey mientras jala una carreta» [8, 80], y con «una millonésima de la adversidad» que cuesta el deseo, «se alcanzaría la budeidad» [8, 83]. No es una condena del trabajo ni de la prosperidad: es una auditoría de la proporción entre lo invertido y lo obtenido. Pocas páginas del siglo VIII describen mejor el siglo XXI.

Si este pasaje no es para ti

Última observación pastoral. Si la meditación en lo desagradable te resulta ajena o dañina — hay lectores, por historia personal o por su relación con el propio cuerpo, para quienes esta medicina no es la indicada —, sáltala sin culpa. No es la puerta del capítulo: la puerta del capítulo es la igualdad y el intercambio, y a esa meditación se llega igual de bien por la silla vacía de la 302 que por el osario. Los propios maestros tibetanos prescriben estas contemplaciones selectivamente, según el temperamento del estudiante. Un curso serio te debe el pasaje explicado; no te debe la obligación de practicarlo.