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La guía del bodisatva: el camino de Shantideva

9 · 8. La concentración: igualarse e intercambiarse11 min read

Enseñanza — La concentración: igualarse e intercambiarse (capítulo 8)

«El "yo" era eso: una cuestión de silla.» El descubrimiento de Vera en la 302 es el corazón del capítulo 8, el más extenso de todo el tratado y, para muchos maestros, el más transformador. Su título anuncia la concentración (sánscrito dhyana o samadhi: la absorción meditativa estable), pero Shantideva hace algo inesperado con ella: en lugar de enseñar técnicas de calma mental, enseña en qué concentrarse — y su respuesta es la meditación que El sol resplandeciente llama «la cultivación de la bodichita» en sus dos formas supremas: igualarse con los demás e intercambiarse por ellos.

Primera parte: despejar el terreno [8, 1-40]

El capítulo abre encadenándose al anterior: con el vigor ya incrementado, «colocaré mi mente en concentración absorta, ya que una persona con una mente distraída se encuentra entre los colmillos de las emociones perturbadoras» [8, 1]. La imagen es de cacería: la distracción no es inocua; es la posición exacta en que las aflicciones te cazan (recuerda a los ladrones que esperan el descuido [5, 27-28]).

¿Y qué impide la concentración? Shantideva señala dos ataduras: los apegos a las personas y la sed de ganancias [8, 3]. El sol resplandeciente lo organiza como «abandonar las preocupaciones mundanas» y «abandonar el pensamiento discursivo». El programa se resume en [8, 4], un verso técnicamente denso que merece desempaquetarse:

«Un estado mental excepcionalmente perceptivo unido a un estado tranquilo y estable, destruye completamente las emociones perturbadoras» [8, 4]

Aquí están, nombradas al paso, las dos capacidades meditativas clásicas: la calma estable (shámata, «morar en calma»: la mente serena y unipuntual) y la visión penetrante (vipáshyana: la percepción excepcional que ve la realidad). La secuencia importa: «primero buscaré una mente tranquila y estable» — la calma es el soporte; la visión, el bisturí; y el capítulo 9 será el bisturí en acción. Sin calma, la sabiduría no corta; sin sabiduría, la calma solo descansa.

Sigue un largo elogio de la soledad [8, 5-40]: la crítica de la «gente infantil» —voluble, imposible de complacer, «en un momento son amigos; al instante siguiente, son enemigos» [8, 10-12]—, la nostalgia del bosque, las cuevas y la vida sin posesiones [8, 25-28], y la meditación en la muerte y el osario [8, 29-35]. Dos claves de lectura honestas para este tramo. Primera: está escrito por y para un monje contemplativo; el retiro físico al bosque es su contexto literal. Segunda: su principio es universal y no requiere bosque — reducir la exposición a lo que dispersa (hoy diríamos: al ruido, a la comparación social, a la agenda de los demás) durante el tiempo del cultivo interior. La clave la da el propio texto: se huye de la dependencia («al confiarme a los demás de esta manera, nada más que pérdidas surgen» [8, 14]), no de las personas; el mismo capítulo que elogia la soledad culminará en la entrega total a los seres. El bodisatva se retira como se toma carrerilla.

También pertenece a este tramo la meditación sobre el cuerpo deseado [8, 40-70], un pasaje áspero para el lector moderno que analizamos con calma en el complemento de esta sección.

Segunda parte: igualarse con los demás [8, 90-110]

Despejado el terreno, llega la meditación central. El verso [8, 90] la enuncia:

«Primero, meditaré enfáticamente en la igualdad de mí mismo y de los demás (de esta manera): como cada uno es un prójimo que tiene felicidad y sufrimiento, (los demás) han de ser cuidados (por mí) de la misma manera que yo» [8, 90]

Igualarse no es una efusión sentimental sino una constatación: en lo único que importa para la ética —querer ser feliz, no querer sufrir— no existe diferencia alguna entre los seres. Ninguna. La analogía maestra es el cuerpo:

«Tal como, a pesar de sus muchas partes, con divisiones en manos y demás, se cuida al cuerpo como un todo; similarmente, a pesar de las diferencias entre los seres errantes […] todos son iguales a mí en que desean ser felices, y (por lo tanto, formamos) un todo» [8, 91]

La mano no delibera si el dolor del pie «le corresponde»: pertenecen al mismo cuerpo, y basta. Shantideva propone que la humanidad —todos los seres, de hecho— es un cuerpo así «que todavía no se ha enterado», como dice don Aurelio. Y entonces, anticipando nuestra resistencia, despliega el duelo dialéctico más célebre del capítulo. Objeción: el sufrimiento ajeno no me duele a mí, ¿por qué habría de ocuparme? [8, 97]. Respuesta: tu sufrimiento futuro tampoco te duele ahora, y te ocupas de él sin dudar — «¿por qué protegerme del sufrimiento de (vidas) futuras, si no me lastima (ahora)?» [8, 97]. Y si respondes «porque ese futuro seré yo», el texto asesta su golpe más profundo:

«Esa noción que piensa: “Pero seré yo quien lo experimente” está distorsionada, porque, así, es alguien más quien ha muerto y alguien más quien nace» [8, 98]

El «yo» de dentro de veinte años es, en rigor, otra persona: otro cuerpo, otros recuerdos, otras células — El sol resplandeciente usa el ejemplo del río: el agua que cruzaste ayer no es el agua de hoy. Si aun así lo cuidas (y haces bien), ya has demostrado que puedes cuidar de alguien que no eres tú-ahora. El egoísmo queda desenmascarado no como maldad sino como inconsistencia: aplica a un desconocido futuro (mi yo de mañana) la ternura que niega al desconocido presente (el vecino de habitación). «Si el dolor que siente el pie no es de la mano, ¿por qué lo protege entonces?» [8, 99]. Y cuando la mente busca el asidero final — «pero mi sufrimiento es mío» —, el texto responde con el análisis del rosario y el ejército [8, 101]: igual que «un ejército» no es nada aparte de sus soldados, el «dueño» del sufrimiento no aparece por ningún lado; «al ser sin un dueño, todos los sufrimientos carecen de distinción, así que es (simplemente) porque son sufrimiento que han de evitarse» [8, 102]. El dolor no lleva matrícula. Se alivia porque duele, no porque sea de alguien.

A la objeción compasiva («¿no es mucho sufrir, sentir el dolor de todos?» [8, 104]), la respuesta es cuantitativa y luminosa: comparado con el océano del sufrimiento de los seres, el dolor de la compasión es una gota que además compra alivio para muchos [8, 105]; y quien se acostumbra a este aprecio «se sumerge incluso en (un reino sin gozo) de sufrimiento imparable, como un cisne en un estanque de lotos» [8, 107]. La compasión entrenada no quema: sostiene. Es la respuesta doctrinal al miedo más razonable de cualquier cuidador — y la Vera de esta sección, que se implica más que nunca y se agota menos que en febrero, es su ilustración.

Tercera parte: intercambiarse por los demás [8, 111-173]

Si igualarse nivela la balanza, intercambiarse la invierte: poner a los demás en el lugar que siempre ocupó el «yo», y al yo en el lugar de «los otros». Shantideva lo llama «el más sagrado secreto» [8, 120]. Su fundamento es un descubrimiento sobre la plasticidad de la identificación:

«Así como, por familiaridad, ha surgido una actitud de “yo” con respecto a este cuerpo (mío), a pesar de carecer de un “yo”; de la misma manera, por familiaridad, ¿por qué no podría surgir también una actitud de “yo” con respecto a otros seres limitados?» [8, 115]

El sentido de «yo» no está soldado a nada: es un hábito de perspectiva — «una cuestión de silla». Se instaló por familiaridad en este cuerpo (que ni siquiera era «nuestro» al principio: «gotas de semen y sangre pertenecientes a otros» [8, 111]) y puede, por familiaridad, extenderse a otros. La prueba de que el traslado funciona la da [8, 114]: igual que la mano se estima por ser miembro del cuerpo, cualquier ser puede estimarse por ser «miembro de la vida errante».

El texto motiva el intercambio con el balance de resultados más citado del Mahayana: «Quienesquiera que sean felices en el mundo, (lo) son por el deseo de la felicidad de los demás; mientras que quienesquiera que sean miserables en el mundo, (lo) son por el deseo de la felicidad para ellos mismos» [8, 129]. Y su resumen ejecutivo: «¿qué necesidad hay de elaborar más? Tan solo vean la diferencia entre ambos: una persona infantil actuando por sus propios objetivos y el Sabio (Buda) actuando por los objetivos de los demás» [8, 130]. El aferramiento al yo queda diagnosticado como la fuente única: «Cualquier violencia que hay en el mundo, así como todo el miedo y el sufrimiento que hay en él, todo surge de aferrarse a un yo; entonces, ¿de qué me sirve ese terrible demonio?» [8, 134].

La meditación de las tres sillas [8, 140-154]

Dentro del intercambio, Shantideva prescribe un ejercicio de dramaturgia interior tan audaz que El sol resplandeciente le dedica su explicación más detallada: ocupar el punto de vista de otro —alguien inferior, igual o superior a ti— y, desde ahí, mirarte a ti mismo con envidia, rivalidad u orgullo [8, 140]. El texto escenifica los tres monólogos completos: el inferior que te envidia («a él le han mostrado respeto, pero a mí no» [8, 141]), el rival que compite contigo, el superior que te desprecia [8, 141-154].

¿Para qué ensayar emociones venenosas? El sol resplandeciente lo explica: al volver de la meditación, habiendo sentido la envidia dirigida contra uno mismo, surge naturalmente: «¡mira cuánto dolor provoca la envidia! ¿De qué sirve envidiar a los demás?» — y la propia envidia «se calmará». Es una vacuna de perspectiva: se inocula la emoción en dirección inversa para inmunizarse contra ella. Y tiene un segundo efecto, que la historia de Vera captura: verse desde la silla del otro desmonta la ilusión de ser el centro. La enfermera envidiada desde la cama de Nadia —«puede irse a casa, va a ver el verano»— descubre en carne propia que todo centro es un borde visto desde otro sitio.

El tramo final [8, 155-173] es el discurso del amo nuevo: la mente le habla al ego con la dureza de quien despide a un administrador corrupto — «Oh mente, has pasado incontables eones en la obsesiva persecución de tus propios objetivos; sin embargo, con un agotamiento tan enorme, lo único que has conseguido ha sido sufrimiento» [8, 155]; «te he vendido a otros, así que no pienses en tu cansancio» [8, 170]. La retórica es deliberadamente extrema (es un voto interior en su formulación máxima, como [6, 125]); su núcleo práctico es [8, 173]: «Si quieres felicidad personal, no trabajes por la felicidad en ti mismo; si quieres protección personal, protege siempre a los demás». La paradoja final del egoísmo es que ni siquiera funciona para el ego: el cuidado mimado degenera en fragilidad [8, 174-175], mientras que el yo puesto al servicio encuentra, sin buscarla, la única felicidad estable.

Y una nota pastoral que el texto mismo provee [8, 119]: la familiaridad todo lo puede — la persona «cuyo nombre incluso temía escuchar» puede volverse «alguien sin la cual no puedo tener alegría». Nadie empieza sabiendo intercambiarse. Se empieza, como Vera, sentándose diez minutos en una silla vacía.

Para llevar

  • La concentración es el arma contra la distracción, que es la posición en que las aflicciones cazan [8, 1]. Primero calma estable (shámata), luego visión penetrante (vipáshyana) [8, 4]; el capítulo 9 será la visión.
  • El retiro del bodisatva es carrerilla, no fuga: se reduce la dispersión para cultivar lo que luego se entrega.
  • Igualarse: en querer ser feliz y no sufrir, no hay diferencia entre los seres; formamos un cuerpo que no se ha enterado [8, 90-91]. El «yo futuro» ya es otro y lo cuidas: el egoísmo es inconsistente, no invencible [8, 97-99]. El dolor no lleva matrícula: se alivia porque duele [8, 101-103].
  • La compasión no quema: es el cisne en el estanque [8, 104-107].
  • Intercambiarse: el sentido de «yo» es un hábito de perspectiva y puede reasignarse por familiaridad [8, 111-115]. Toda felicidad del mundo viene de desear la ajena; toda miseria, de desear solo la propia [8, 129].
  • La meditación de las tres sillas [8, 140-154]: sentir la envidia, la rivalidad y el orgullo dirigidos contra uno vacuna contra ellos y desmonta el espejismo del centro (El sol resplandeciente).

En el texto raíz

Lee el capítulo 8 («La perfección de la concentración»), al menos: la apertura [8, 1-4], la igualdad [8, 90-103], el cisne [8, 104-110], el intercambio [8, 111-136] y las tres sillas [8, 140-154]. En El sol resplandeciente: la sección sobre la paramita de la concentración entera — es el mejor resumen práctico que existe de este capítulo, incluidos el río, el pie y la mano, y la explicación completa de las tres meditaciones de perspectiva (envidia, rivalidad y orgullo).