Enseñanza — La sabiduría: la vacuidad (capítulo 9)
«El mundo no está hecho de cosas sueltas. Está hecho sin costuras.» La carta de don Aurelio resume, con la imagen de las canicas, el capítulo del que la leyenda dice que Shantideva se elevó en el aire mientras lo recitaba. El capítulo 9 —«La perfección de la sabiduría»— es la cumbre doctrinal del tratado, su capítulo más difícil y más comentado. Esta enseñanza no puede sustituir a los años de estudio que la tradición le dedica, pero sí puede darte, con honestidad, lo esencial: qué afirma, cómo argumenta y por qué es la coronación —y no la negación— de todo lo aprendido.
Por qué todo lo anterior era para esto [9, 1]
El primer verso reorganiza retrospectivamente el tratado entero:
«El Sabio ha hablado sobre todas estas ramas por el bien del darse cuenta que discrimina. Por lo tanto, genera darse cuenta que discrimina con el deseo de pacificar sufrimientos» [9, 1]
Todas «estas ramas» —generosidad, disciplina, paciencia, perseverancia, concentración— existen por el bien de la sabiduría. La guirnalda de ornamentos de joyas cita este verso como eje de todo el texto: las cinco primeras paramitas son ramas de la sexta, «la cual constituye el verdadero antídoto que elimina directamente todo sufrimiento». ¿Por qué? Porque las aflicciones —lo vimos en el capítulo 4— brotan de una raíz: la ingenuidad, el malentendido básico sobre cómo existen las cosas. Las otras perfecciones podan; solo la sabiduría arranca. La palabra que nuestro texto traduce como darse cuenta que discrimina es prajña: la facultad que distingue con precisión cómo existen las cosas — la sabiduría.
Las dos verdades [9, 2-8]
El capítulo abre con la distinción más importante de toda la filosofía Mahayana:
«La superficial y la más profunda son aceptadas como las dos verdades. La más profunda no se refiere a objetos cognitivos de la mente dualista; se menciona a la mente dualista en términos de la superficie» [9, 2]
- La verdad superficial (o convencional, relativa): el mundo tal como funciona y aparece — mesas, personas, causas y efectos, Vera, Iker, el dolor y su alivio. En este nivel todo opera: el karma funciona, la medicina funciona, la compasión funciona.
- La verdad más profunda (o última, absoluta): cómo existen realmente esas mismas cosas cuando se las analiza a fondo — y lo que el análisis encuentra es que ninguna existe del modo sellado e independiente en que parecen existir. Esa ausencia de existencia independiente es la vacuidad (shunyata).
Grábate esto: son dos verdades sobre lo mismo, no dos mundos. La ola y el agua no son dos cosas. Y la profunda «no es objeto de la mente dualista» [9, 2]: no puede capturarse como un concepto más entre conceptos — se realiza, no se colecciona. Los versos 3-8 explican que la disputa no es entre ver y no ver, sino entre interpretar: el mundo común ve los fenómenos «como absolutamente existentes, y no como una ilusión» [9, 5]; los yoguis (los contemplativos que analizan) ven los mismos fenómenos, pero sin esa sobreimpresión de solidez — y visión más penetrante desbanca a visión más ingenua [9, 3-4] — como, por decirlo con una imagen, el que despierta desbanca al que sueña.
La salvaguarda: qué se niega y qué no [9, 25]
Antes de un solo argumento, fija el verso que don Aurelio parafrasea en su carta, porque es el cinturón de seguridad de todo el capítulo:
«Aquí no se invalida en absoluto cómo algo es visto, escuchado o conocido. (Por el contrario), aquí la cognición conceptual (de ello) como verdaderamente existente, que se ha convertido en la causa del sufrimiento, se rechaza» [9, 25]
La vacuidad no niega la experiencia: niega una teoría que llevamos incrustada en la experiencia — la de la «existencia verdadera», la canica: la cosa sellada, independiente, que existe desde su propio lado, por su propia cuenta. Lo que se arranca es esa sobreimpresión, «que se ha convertido en la causa del sufrimiento». Por eso vacuidad no es nihilismo: el nihilista dice «nada existe»; el Madhyamaka —la escuela del camino medio a la que pertenece Shantideva— dice «nada existe aisladamente; todo existe dependientemente». La mesa sigue sosteniendo la taza; Iker siguió siendo real, amado y llorado. Lo que nunca existió es la costura que lo separaba del resto del tejido. Shantideva formula la utilidad práctica en [9, 30-32]: comprender las cosas «como una ilusión» no elimina de golpe el deseo o el dolor — el hábito pesa —, pero «al habituarse a sí mismo al hábito de la vacuidad», los hábitos aflictivos se van quedando sin suelo. Y al final, la propia vacuidad se suelta también: habituado a «lo no existente en absoluto», el meditador «llegará a liberarse incluso de (conocer) eso» [9, 32-34] — la medicina no debe convertirse en nueva enfermedad.
La búsqueda del yo [9, 56-77]
El primer gran análisis busca la canica más querida: el «yo». El método es un inventario implacable:
«Dientes, cabello o uñas, no son un “yo”; tampoco soy “yo” huesos o sangre. Ni (soy “yo”) mucosidades o flema; y tampoco soy “yo” linfa o pus. “Yo” no soy grasa o sudor; ni siquiera soy “yo” pulmones o hígado […] ni los seis tipos de conciencia son un “yo”» [9, 57-59]
Ninguna pieza es el yo; el montón tampoco (un montón es una etiqueta, como veremos); y fuera de las piezas no aparece nada. Tampoco sirve el yo eterno e inmutable de las escuelas rivales [9, 60-69]: un conocedor permanente conocería siempre todo sonido; un yo inmutable no podría actuar (lo vimos ya en [6, 29-30]). La conclusión usa una imagen que el texto repetirá: «cuando el tronco de un árbol de plátano se separa en partes, nada (es encontrado); de la misma manera, cuando se busca con un análisis discernidor, (no se encuentra) un yo como algo absoluto» [9, 74] — el platanero no tiene corazón de madera: es vaina sobre vaina, y al final, nada. Como la cebolla.
¿Y entonces el karma, la memoria, la responsabilidad? Shantideva responde [9, 70-73]: no hace falta canica para que funcione la continuidad — basta el continuo, la corriente de momentos mentales conectados causalmente, como un río que nadie confunde con una cosa sólida y que sin embargo lleva lo que se le confía. Y la objeción más conmovedora la hace el propio texto: «Si un ser limitado no existiera, ¿hacia quién podría haber compasión?» [9, 75]. Respuesta: hacia los seres tal como existen — etiquetados sobre el continuo, reales convencionalmente, sufriendo convencionalmente — que es el único modo en que alguien ha sufrido jamás. La compasión no necesita canicas; necesita dolor, y dolor hay [9, 75-77]. Nota la asimetría deliberada: la ilusión del «fruto para los seres» se conserva mientras sirva para aliviar; la ilusión del «yo» se desmonta porque es «la causa del sufrimiento» [9, 76-77]. La vacuidad de Shantideva es selectiva como un cirujano: corta lo que enferma, respeta lo que sostiene.
La búsqueda del cuerpo y de las cosas [9, 78-105]
El mismo análisis se aplica luego al cuerpo — es la meditación que El sol resplandeciente llama la primera aplicación de la atención: «Un cuerpo no es ni los pies ni las pantorrillas […] ni la cabeza ni el cuello son un cuerpo. Así, ¿qué (alternativa) podría ser el cuerpo aquí?» [9, 78-79]. Si el cuerpo estuviera entero en cada mano, habría tantos cuerpos como manos [9, 81]; si estuviera repartido, cada parte necesitaría a su vez dónde estar [9, 80]. El cuerpo es como el espantapájaros que, «mientras sus condiciones se mantengan unidas», es visto como un hombre [9, 83-84]: una imputación sobre un montaje. Y el análisis no se detiene ahí: la mano es un compuesto de dedos, el dedo de articulaciones, la articulación de partes, la parte de partículas, la partícula de «divisiones direccionales» (su lado norte no es su lado sur — luego también tiene partes), hasta que «ni siquiera las partículas existen (verdaderamente)» [9, 85-86]. No hay fondo de canicas: es dependencia hasta abajo. Lo mismo con las sensaciones [9, 88-101] — ese dolor que parece tan macizo no resiste el análisis de su contacto, su surgimiento, su dueño — y con la mente [9, 102-105]: «Una mente no está situada en los sensores cognitivos, ni en lo visible y demás, tampoco en el espacio entre ellos; una mente no está adentro ni afuera» [9, 102]. Son las cuatro aplicaciones de la atención (cuerpo, sensaciones, mente, fenómenos) que El sol resplandeciente prescribe como programa meditativo del capítulo.
Dos versos de este tramo merecen destacarse. Uno, por su eco en la historia: la relación padre-hijo como ejemplo de existencia dependiente — nadie es padre por su propio lado; el hijo «crea» al padre tanto como el padre al hijo [9, 113-114 y 63]. Otro, por su radicalidad serena: «cuando, de esa manera, un cuerpo no existe (verdaderamente), entonces ¿qué es un hombre y qué es una mujer?» [9, 87] — hasta las categorías que creemos más naturales son imputaciones sobre montajes.
El fruto: por qué la vacuidad es compasiva [9, 52-55]
¿Y para qué todo esto? El texto lo dice en el verso que une las dos alas del pájaro Mahayana — sabiduría y compasión:
«El fruto de (realizar) la vacuidad es esto: a través de la libertad de los extremos del apego y el miedo, ser capaz de permanecer en el samsara por el bien de aquellos que sufren por estar perplejos» [9, 52]
El bodisatva que realiza la vacuidad no se evapora del mundo: se queda — libre de los dos imanes que expulsan del servicio: el apego (que busca el samsara) y el miedo (que huye hacia una liberación privada). Puede acompañar cualquier dolor porque ya no defiende ninguna canica. «(Conocer) los fenómenos (como verdaderamente existentes) da surgimiento al sufrimiento […] Pero (la realización de) la vacuidad pacifica el sufrimiento: entonces ¿por qué generar temor a eso?» [9, 55]. Y el miedo mismo pierde su sujeto: «teme a lo que sea, si hubiera algo llamado “yo”; pero como no hay nada que sea un “yo”, entonces ¿de quién será el temor?» [9, 56]. Es la culminación de la promesa de [4, 46-47]: buscada, la aflicción no vivía en ninguna parte; buscado, el amenazado tampoco.
La imagen de la vara sanadora [9, 36-37] —que la posdata de don Aurelio hace suya— sella esta lógica: el sanador consagra la vara y muere, y la vara sigue curando. Así los budas y su enseñanza; así toda vida vivida hacia fuera. En un capítulo que desmonta las canicas, es la imagen perfecta de lo que sí perdura: no la cosa sellada, sino la función benéfica en curso — el fruto que sigue dándose.
El final del capítulo: la compasión que nace del análisis [9, 155-167]
Contra el tópico de que la vacuidad enfría, el capítulo termina en el pasaje más compasivo del tratado. Vista la realidad, el contemplativo mira el mundo — los pleitos y celebraciones, las vidas gastadas «a través de aflicción y agotamiento» [9, 155], los que «ablucionando y ablucionando, saltarían al fuego una y otra vez» creyéndose afortunados [9, 164] — y lo que brota no es desprecio sino ternura urgente: «es realmente adecuado sentirnos tristes por aquellos que están atrapados en las corrientes del sufrimiento y que no pueden ver su propia situación» [9, 163]. Y los dos versos finales convierten toda la filosofía en plegaria:
«Oh, ¿cuándo podré brindar paz a aquellos torturados por los fuegos de tales sufrimientos, con una lluvia de mi propia construcción de felicidad […]? Oh, ¿cuándo construiré respetuosamente un entramado de fuerza positiva de tal forma que no tenga un objetivo mental (dirigido a una existencia imposible), y entonces enseñar la vacuidad a aquellos que han sido arruinados por (tal) objetivo mental?» [9, 166-167]
Este es el examen final del capítulo: si el estudio de la vacuidad te vuelve más frío, se estudió mal; si desemboca en «¿cuándo podré ayudar?», se estudió bien. La aritmética nueva de Vera —«las cosas no se acaban donde se acaban; se acaban donde dejan de dar fruto»— es la versión de enfermera de estos dos versos.
Para llevar
- Todas las paramitas existen por el bien de la sabiduría [9, 1]: las demás podan las aflicciones; solo prajña arranca su raíz, el malentendido sobre cómo existen las cosas.
- Dos verdades sobre lo mismo [9, 2]: convencionalmente, todo funciona (karma, dolor, compasión); últimamente, nada existe de forma sellada e independiente. Ola y agua, no dos mundos.
- Vacuidad = ausencia de canicas, no ausencia de cosas: todo existe dependientemente (partes, causas, imputación), nada aisladamente. El verso-cinturón: no se invalida lo visto, oído o conocido; se rechaza la concepción de existencia verdadera «que se ha convertido en la causa del sufrimiento» [9, 25].
- El yo no aparece en el inventario del cuerpo y la mente [9, 57-59]; el platanero no tiene corazón [9, 74]. La continuidad y la responsabilidad las lleva el continuo, como un río [9, 70-73]. La compasión no necesita canicas: necesita dolor, y dolor hay [9, 75-77].
- El análisis baja hasta el fondo y no hay fondo: cuerpo, partes, partículas, direcciones [9, 78-87]; sensaciones y mente incluidas [9, 88-105].
- Fruto de la vacuidad: libertad del apego y del miedo para quedarse a ayudar [9, 52]. La vara sanadora sigue curando sin el sanador [9, 36-37]. El capítulo desemboca en compasión urgente [9, 163-167]: si te enfría, se estudió mal.
En el texto raíz
El capítulo 9 completo (167 versos) es el más difícil del texto; no te desanimes si necesita varias pasadas y compañía. Primera lectura recomendada: las dos verdades [9, 1-8], la salvaguarda [9, 25], el fruto [9, 52-56], la búsqueda del yo [9, 57-77], la del cuerpo [9, 78-87] y el final compasivo [9, 155-167]. En La guirnalda: el método de las dos etapas (desarrollar la sabiduría que comprende las dos verdades y meditar la vacuidad de las apariencias) y la cita de Atisha: primero familiarizarse con que las cosas «aparecen, y sin embargo no tienen naturaleza verdadera alguna, al igual que ilusiones mágicas». En El sol resplandeciente: la sección sobre la paramita de la sabiduría, con la meditación de la no-identidad del individuo y de los fenómenos (las cuatro aplicaciones de la atención).