Historia — La noche del intercambio
A la mujer de la 302 no la visitaba nadie.
Se llamaba Nadia Benali. Cuarenta y seis años, un cáncer de ovario que había esperado demasiado a ser diagnosticado, como esperan casi siempre los cánceres de la gente que no puede permitirse faltar al trabajo. Llevaba diecisiete años en el país: limpiaba oficinas de madrugada y casas por las mañanas. Tenía una hija de diecinueve en Casablanca a la que enviaba dinero cada mes, criada por la abuela, y a la que no había podido traer nunca. El visado de la hija estaba «en trámite». Llevaba en trámite desde septiembre.
Vera conocía la mecánica de las visitas de la tercera planta como se conoce una partitura: sabía a qué hora llegaba cada familia, quién traía comida de casa aunque estuviera prohibido, quién discutía en el pasillo y quién lloraba en el ascensor. Por eso el silencio de la 302 se oía tanto. Nadie a las cinco. Nadie a las siete. En el registro de visitas, la ficha de Nadia acumulaba una sola entrada en tres semanas: una compañera de trabajo, ecuatoriana, que vino un domingo con una caja de dátiles y estuvo cuarenta minutos, la mitad al teléfono con su propia familia.
—¿Y a usted quién la cuida? —le preguntó Nadia una tarde, mientras Vera le cambiaba la vía. Lo preguntó en su castellano rápido y musical, y con un interés real, sin cortesía: era de esas personas que hacen preguntas mirando.
—Nadie. Bueno, mi hermana. Un amigo jubilado. Un cuaderno —dijo Vera, y las dos se rieron sin que ninguna explicara ni pidiera explicación.
El cuaderno, precisamente, andaba esa semana por el capítulo octavo, y el capítulo octavo estaba resultando ser otra cosa. Los anteriores enseñaban a manejar lo que pasaba dentro de Vera. Este pedía algo más raro: mover el «dentro» de sitio. Don Aurelio lo anunciaba con solemnidad inusual:
Hemos llegado, Vera. Todo lo anterior eran los andamios. Esto es la casa. El monje lo llama «el más sagrado secreto»: igualarse con los demás, y después intercambiarse por ellos. Te aviso de que la lógica es tan simple que ofende: tú no quieres sufrir. Ellos no quieren sufrir. En eso sois exactamente iguales, sin trampa posible. Y entonces, ¿de dónde sale que tu dolor sea urgente y el suyo opinable? El monje busca esa frontera y no la encuentra. Dice: si el dolor del pie no es de la mano, ¿por qué la mano lo protege? Porque no van por separado, van en el mismo cuerpo. Pues eso somos todos, dice: miembros de un mismo cuerpo grande que todavía no se ha enterado.
Vera leyó los versos copiados con una mezcla de asombro y resistencia. La resistencia decía cosas razonables: que cada uno tiene su vida, que no se puede sentir todo el dolor del mundo, que bastante hacía ella. Y el monje, imperturbable, iba respondiendo a cada objeción con esa paciencia de ajedrecista, hasta acorralarla en una casilla donde solo quedaba una pregunta en pie: ¿qué tengo yo de especial?
«Si la felicidad es algo igualmente apreciado tanto por mí como por los demás, ¿qué tengo yo de especial para que me esfuerce por alcanzar la felicidad tan solo para mí?»
La respuesta honesta, descubrió Vera, era: nada. Nada salvo la costumbre. El «yo» era el sitio desde donde siempre había mirado, y por eso parecía el centro del mundo, igual que todos los sitios desde donde se mira.
El experimento lo hizo un jueves, en la guardia de noche, sin haberlo planeado.
Eran las tres y diez de la madrugada. La planta dormía su sueño irregular de planta de hospital, con sus monitores y sus goteos, y Vera entró en la 302 a la ronda de comprobación. Nadia dormía con el gesto serio, el pañuelo del pelo doblado con esmero en la mesilla, el móvil cargando junto a la almohada — la posición universal del que espera una llamada de otro huso horario. En la silla de las visitas, vacía tres semanas, estaba la manta doblada que nadie había usado.
Vera comprobó la bomba, el suero, la pauta. Y entonces, en vez de salir, hizo algo que no estaba en ningún protocolo: se sentó en la silla de las visitas.
El cuaderno lo llamaba «ponerse en el lugar del otro», pero pedía hacerlo de verdad, con método, como un ejercicio y no como una frase. Siéntate donde está el otro. Mira el mundo desde ahí. Mírate a ti desde ahí. Vera se sentó, respiró, y se dejó ser Nadia Benali durante diez minutos.
Fue una de las cosas más difíciles que había hecho nunca, y no había hecho pocas. Ser Nadia era: despertarse en un país que después de diecisiete años todavía te pedía papeles para todo, incluso para morirte. Era llevar la cuenta exacta de los meses de dinero enviado y la cuenta inexacta de los cumpleaños perdidos. Era una hija con diecinueve años y la voz ya de mujer por el teléfono, una voz que decía mamá, aguanta, que ya me dan el visado, y saber —con el saber de los cuerpos— que los trámites de los pobres van más despacio que sus enfermedades. Era mirar hacia la puerta a las cinco, a las siete, sin esperar a nadie y sin poder dejar de mirar. Y era también —esto la desarmó— mirar a la enfermera que entraba de noche, la del gesto cansado y las manos rápidas, y pensar: qué suerte tiene esa mujer, y no lo sabe. Puede irse a casa. Puede llamar a su hermana sin contar los minutos. Va a ver el verano.
Vera abrió los ojos. Le ardía la cara. Acababa de verse desde la cama —envidiada, entera, rica en todo lo que no contaba nunca— y la mujer vista desde allí no era el centro de ningún mundo: era una figura en el borde del mundo de otra, exactamente igual que Nadia había sido, durante tres semanas, una figura en el borde del suyo. Dos bordes. Ningún centro. O dos centros, según desde dónde. El «yo» era eso: una cuestión de silla.
No se lo contó a nadie. Dos días después hizo tres llamadas en su hora de comer. A la trabajadora social, para reactivar lo del visado con una carta del servicio: situación de enfermedad avanzada terminal, la fórmula que abre puertas que llevan meses cerradas. A la asociación de acompañamiento de la que Tomás era voluntario desde hacía años sin decírselo a casi nadie. Y a la compañera ecuatoriana de los dátiles, que resultó llamarse Carmen y llorar con facilidad, para decirle solo que a Nadia le sentaban bien las visitas y que no hacía falta traer nada.
El visado llegó dieciséis días después. Vera no estaba de turno esa tarde y le habría gustado estar: contaban las compañeras que cuando la chica entró en la 302 —diecinueve años, la mochila aún puesta, ese parecido de las hijas que golpea como un espejo— Nadia hizo un sonido que no era llanto ni risa, un sonido que las enfermeras de paliativos conocen y no saben describir, y que es la razón por la que muchas no se van nunca de paliativos.
Vera conoció a la hija dos días más tarde. Se llamaba Yasmin. Dormía en la silla de las visitas, debajo de la manta que nadie había usado, y a Vera, al verla allí, se le ocurrió por primera vez que quizá el ejercicio de la silla no había sido solo un ejercicio: que uno se sienta diez minutos en el sitio vacío de alguien y algo del mundo se mueve para llenarlo. Sabía que no funcionaba así. Sabía que habían sido tres llamadas y una carta con la fórmula justa. Pero también empezaba a sospechar que la frontera entre esas dos cosas —el corazón que se cambia de silla y la mano que descuelga el teléfono— era mucho menos nítida de lo que creía la Vera de febrero.
En la libreta azul, esa noche, escribió:
El monje pregunta qué tengo yo de especial. Respuesta después del jueves: nada. Y no es una mala noticia. Es la mejor que me han dado nunca: si no soy especial, no estoy sola. Somos miembros del mismo cuerpo grande, dice. Hoy el cuerpo grande ha recuperado un miembro que le faltaba, y yo estaba cerca cuando ha pasado.
P. D.: Iker lleva dos días sin hacer multiplicaciones. Dice que está cansado. No me gusta ese cansancio. No me gusta nada.
Continuará.