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La guía del bodisatva: el camino de Shantideva

2 · 1. Los beneficios de la bodichita7 min read

Historia — El cuaderno azul

Vera Miralles llevaba tres turnos seguidos sin llorar, y lo consideraba una victoria.

Once años en la planta de oncología del Clínico enseñan cosas que no salen en ningún temario: a leer un pronóstico en la manera en que un médico cierra una puerta, a preparar café a las cuatro de la madrugada sin encender la luz grande, a decir «descanse, ahora vuelvo» con una voz que no prometa nada. Y enseñan, sobre todo, a irse apagando sin ruido, como se apagan los pasillos de un hospital: nunca del todo, nunca de golpe, luz de menos en luz de menos.

Tenía treinta y cuatro años y un borrador de carta de renuncia en el móvil. Lo había escrito en la sala de descanso una noche de febrero, después de perder a dos pacientes en la misma guardia. No lo había enviado. Tampoco lo había borrado. Lo llevaba encima como otros llevan un santo: por si acaso.

En marzo ingresó don Aurelio.

Ochenta y un años, maestro de escuela jubilado, un cáncer de páncreas que no se molestaba en disimular sus intenciones. Llegó con una maleta pequeña, una docena de libros y una manera de mirar que Vera tardó semanas en saber nombrar. No era resignación. La resignación la conocía de sobra: ese apagarse de los ojos, ese volverse hacia la pared. Esto era otra cosa. Don Aurelio miraba a las personas como si acabara de enterarse de que existían y le pareciera una noticia excelente.

—Usted es la que corre —le dijo la primera noche, cuando Vera entró a ajustarle la bomba de infusión.

—¿Perdone?

—Corre por el pasillo. Las demás caminan deprisa. Usted corre. —Sonrió sin ironía—. ¿A dónde va tan lejos, si todos estamos aquí?

Vera no supo qué contestar. Apuntó la pauta, comprobó la vía y se fue. Corriendo, se dio cuenta ya en el pasillo.

Lo natural habría sido que don Aurelio se convirtiera en un paciente más de la lista mental que Vera mantenía a raya —los nombres que no hay que querer demasiado porque se van—. No sucedió. Fue imposible. Porque don Aurelio hacía algo que Vera no había visto en once años de planta: se estaba muriendo hacia fuera.

Todos los demás se morían hacia dentro. Era lo esperable, lo humano: el mundo se les iba estrechando hasta caber en una cama, en un dolor, en un miedo. El de la 412, en cambio, se expandía. Preguntó el nombre de todo el personal, también el de las limpiadoras, también el del celador nuevo que nadie saludaba. Averiguó que la auxiliar de noche estudiaba oposiciones y le hacía preguntas de temario mientras ella le cambiaba el suero. Cuando el hombre de la habitación de al lado, recién diagnosticado, pasó dos días sin querer hablar con nadie, don Aurelio pidió que lo llevaran en silla de ruedas hasta su puerta y se quedó allí, sin entrar, hablando de fútbol a través de la rendija, hasta que el otro abrió.

—No lo entiendo —le confesó Vera una madrugada de mayo, la tercera semana de morfina, cuando las visitas ya escaseaban y las conversaciones se habían vuelto francas, como se vuelven al final—. Está usted… —buscó la palabra profesional, la descartó—. Se está muriendo. Y parece el único de esta planta al que no le importa.

Don Aurelio se quedó pensando. Le gustaba pensarse las respuestas; decía que era un vicio de maestro.

—Me importa muchísimo —dijo al fin—. Me encanta estar vivo. Por eso no quiero desperdiciar esto.

—¿Esto?

—Lo que me queda. —Levantó una mano lenta, señalando la habitación, el gotero, a ella—. Mire, Vera: yo me pasé cuarenta años explicando a niños de ocho años que un número, por grande que sea, es finito, y que lo finito se gasta. Y luego iba a mi casa y vivía como si mis días fueran infinitos. Como todo el mundo. Hace falta ser muy mal alumno para tardar ochenta años en aprender tu propia lección. —Se rio de sí mismo, sin amargura—. Cuando me dieron el diagnóstico, se me quitó la niebla. Vi que me quedaban pocos días y que eran valiosísimos, cada uno. ¿Y sabe qué descubrí, haciendo cuentas? Que no hay manera más rentable de gastar un día que gastarlo en otro.

—Rentable —repitió Vera, con media sonrisa—. Muy de maestro de matemáticas.

—De ciencias naturales. Pero sí. —Cerró los ojos un momento; el dolor pasaba por su cara como pasa una nube por un campo—. Todo lo demás que he hecho en la vida se acabó al hacerse. Los viajes se acaban. Los ahorros se acaban. Hasta los recuerdos se me están acabando, no se crea. Pero lo que uno hace por otro… eso no sé dónde acaba. Eso sigue andando por ahí, de persona en persona, cuando yo ya no esté. Es la única cosa que he encontrado que no se gasta al usarla. Al revés: crece. —Abrió los ojos y la miró—. Llevo semanas queriendo decirle algo, Vera. ¿Me deja?

Ella asintió.

—Usted cree que está agotada de cuidar. No es verdad. Está agotada de cuidar a medias, con el corazón echado el freno de mano, protegiéndose. Lo sé porque la miro. Corre para no quedarse. —Hizo una pausa—. Pruebe una vez, una sola, a quedarse del todo. Va a descubrir que lo que la está matando no es la pena de los demás. Es el muro que ha construido para que no le llegue.

Vera no lloró en ese momento. Lloró después, en el office, con la puerta cerrada, y no supo decir si era de tristeza o de alivio, como cuando por fin te nombran la enfermedad que llevabas años teniendo.

Don Aurelio murió un jueves de junio, al amanecer, sin aspavientos, como quien recoge su aula y apaga la luz. Vera estaba de turno. Le tocó a ella.

Dos días más tarde, la hija de don Aurelio apareció en el control de enfermería con un paquete envuelto en papel de estraza.

—Es para usted. Lo dejó apartado con su nombre. Fue muy insistente. —La mujer sonrió con los ojos hinchados—. Me dijo: «A la que corre. Ella sabrá pararse a leerlo».

Era un cuaderno de tapas azules, gastado en las esquinas, hinchado de tinta. Vera lo abrió esa noche en su cocina, a las dos de la madrugada, con un té que se le quedó frío.

En la primera página, con letra de maestro antiguo, decía:

Para la que cuida. Lo que buscas cuidando, aquí tiene nombre.

Este cuaderno son mis notas de un libro muy viejo que me encontré tarde. Lo escribió hace mil trescientos años, en la India, un monje del que sus compañeros se burlaban porque creían que no valía para nada. Trata de una sola cosa: qué pasa cuando una persona decide, en serio y del todo, vivir para el bien de todos los demás. Los que saben lo llaman bodichita. Yo, que llegué a esto de viejo y sin saber sánscrito, lo llamo la joya. Porque eso dice el monje: que es como si un ciego encontrara una joya en un montón de basura.

El ciego era yo, Vera. La basura era mi miedo. No te cuento más: el cuaderno se lee despacio, capítulo a capítulo, y entre capítulo y capítulo hay que vivir un poco, si no, no funciona.

Empieza cuando quieras. Pero empieza.

Vera pasó la página. El primer capítulo del cuaderno llevaba por título «Los beneficios de la joya», y empezaba con una cita copiada con esmero, entre comillas grandes:

«Tal como un relámpago en una noche nublada y oscura, por un instante, ilumina todo con brillantez; de la misma manera, en este mundo, rara y brevemente aparece una actitud positiva».

Se quedó mucho rato mirando esa frase. Pensó en don Aurelio hablando de fútbol a través de una rendija. Pensó en la auxiliar de noche, que había aprobado el primer examen y había llorado de alegría en la habitación 412, porque no tenía a nadie más a quien contárselo. Pensó en once años de pasillos, y en cuántas veces habría pasado corriendo por delante de un relámpago sin verlo.

Luego miró el móvil, apoyado en la mesa de la cocina. Buscó el borrador de la carta de renuncia.

No lo envió. Tampoco lo borró todavía: era enfermera, no santa.

Pero lo movió a otra carpeta, puso el cuaderno azul en la mesilla de noche, y por primera vez en mucho tiempo puso el despertador con algo parecido a la curiosidad.

Continuará.