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La guía del bodisatva: el camino de Shantideva

7 · 6. La paciencia10 min read

Enseñanza — La paciencia (capítulo 6)

«La paciencia no es aguantar. Es ver.» La frase que Vera escribe en su libreta al final del episodio resume el capítulo más celebrado del Bodhicharyavatara. El capítulo 6 —«Mostrar paciencia»— es la primera de las cuatro paramitas con capítulo propio, y la tradición entera lo considera la exposición definitiva sobre cómo trabajar con el enojo. Es también el capítulo más largo estudiado hasta ahora, y el más argumentativo: Shantideva no consuela; demuestra, razonamiento a razonamiento, que el enojo no tiene ni un solo caso de uso legítimo.

Qué hay en juego [6, 1-10]

La apertura es una de las afirmaciones más severas del texto:

«Cualquier generosidad, ofrendas a los Dichosamente Idos (Budas) y similares, así como acciones positivas que haya acumulado durante miles de eones — un (momento de) odio las destruirá todas» [6, 1]

Un momento de odio quema eones de cosecha. Los comentaristas matizan el alcance exacto (qué destruye, cuánto retrasa), pero el sentido práctico es unánime y la experiencia lo confirma a escala humana: años de confianza construida pueden arder en un estallido de un minuto. Por eso «no hay fuerza negativa similar al enojo ni prueba similar a la paciencia» [6, 2].

Definamos el término. La paciencia (sánscrito kshanti; «una actitud imperturbable», dice El sol resplandeciente) no es tragarse la rabia, ni pasividad ante la injusticia, ni ese «aguantar» apretado que solo aplaza la explosión. Es la capacidad de no ser perturbado: de sostener el daño, el dolor o la ofensa sin que la mente se incendie. La distinción importa porque el propio episodio la dramatiza: Vera recurre el parte injusto —la paciencia no le impide defenderse—, pero aprende a redactarlo sin que lo escriba el incendio.

Los versos 3-5 describen el coste inmediato del enojo, sin esperar a vidas futuras: quien lo alberga «no encuentra paz alguna, no obtiene ninguna alegría ni placer, no duerme y se vuelve inestable» [6, 3]; hasta quienes dependen de él llegan a querer matarlo [6, 4]; «no hay manera alguna en que una persona iracunda esté en una situación feliz» [6, 5]. Y el diagnóstico técnico llega en [6, 7]: el combustible del enojo es «el desagradable estado mental que surge de producir cosas que no quiero e impedir lo que deseo» — nuestro texto lo llama mal humor; otros traducen «insatisfacción mental». El enojo nunca salta directamente: primero se acumula esa leña de frustración, y luego cualquier chispa basta. De ahí la estrategia de [6, 8-9]: erradicar el combustible, proteger el buen humor — la leña húmeda no arde. Y de ahí el verso que don Aurelio subraya, la navaja lógica más famosa del texto:

«Si puede remediarse, ¿por qué ponerse de mal humor al respecto? Y si no puede remediarse, ¿de qué sirve ponerse de mal humor al respecto?» [6, 10]

Dos casos, cero justificaciones. El malestar no es nunca la herramienta: si hay remedio, el remedio se aplica mejor sin incendio; si no lo hay, el incendio solo añade una segunda desgracia a la primera.

La paciencia con el propio sufrimiento [6, 11-21]

La primera de las tres paciencias clásicas es la que acepta el dolor. Shantideva parte de un hecho: «Es raro que ocurran las causas para la felicidad, mientras que las causas para el sufrimiento son más que abundantes» [6, 12]. Pero en vez de lamentarlo, extrae su utilidad: «sin sufrimiento alguno, no habría determinación de liberarse» [6, 12]. Y da el principio de entrenamiento que toda la tradición repite:

«No hay nada que no se vuelva más fácil una vez que te has acostumbrado a ello; así, al acostumbrarse a dolores menores, los grandes dolores, definitivamente, se tornarán soportables» [6, 14]

La tolerancia al malestar es entrenable, como la fuerza o la resistencia. El texto añade ejemplos de lo que la gente soporta por metas triviales o inútiles —los ascetas que se queman por devociones sin fruto [6, 13], los guerreros para quienes «los cardenales abundan al enfrentar la batalla» [6, 19-20]— y pregunta: ¿tanto por tan poco, y yo tan poco por tanto? El verso [6, 17-18] introduce un matiz psicológico fino: ante la propia sangre, unos se crecen y otros se desmayan; la diferencia no está en la herida sino en si «su estado mental es de tipo decidido o cobarde». Y culmina con el elogio del guerrero verdadero: quien vence al enojo es «el héroe que ha ganado la victoria; el resto (simplemente) asesina cadáveres» [6, 20] — los enemigos ordinarios, después de todo, iban a morir de todos modos.

Cierra la sección el inventario de ventajas del sufrimiento [6, 21], que El sol resplandeciente desarrolla como las tres razones para aceptarlo: agota karma negativo («una escoba que barre»), empuja a la renuncia y a la compasión («nos anima a la virtud»), y desinfla el orgullo («un adorno de la mente»). Nada de esto romantiza el dolor: es reciclaje estricto — ya que está, que trabaje.

La paciencia con quienes dañan [6, 22-75]

Aquí está el corazón del capítulo, y el argumento que estructura la historia de Marga. Shantideva pregunta: cuando alguien me daña, ¿contra qué exactamente me enfado? Y desmonta el blanco pieza a pieza.

Nadie elige enfadarse. «Así como no enfurezco con grandes fuentes de sufrimiento, por ejemplo, con la bilis, entonces ¿por qué enfurecerme con aquellos con mentes limitadas? Todos ellos, también, son provocados por condiciones» [6, 22]. Nadie se enfada a propósito: «Sin pensar “voy a enfurecer”, la gente simplemente enfurece» [6, 24]. Todos los errores «surgen de la fuerza de las condiciones: ninguno está bajo su propio poder» [6, 25]. No te indignas con la bilis que te enferma ni con el fuego por quemar [6, 39] ni con el cielo por llenarse de humo [6, 40]; el agresor movido por sus aflicciones pertenece, en lo relevante, a esa misma categoría: es el eslabón visible de una cadena que no preside.

La vara y la mano. El argumento culmina en [6, 41], el verso que da título a la historia: el dolor lo causa directamente la vara; no nos enfadamos con ella porque la movió una mano. Pero la mano la movió el enojo — «así que él (también) es secundario. Sería más adecuado enfurecerme con su enojo». Si hay que buscar culpables aguas arriba, el proceso no se detiene en la persona: sigue hasta la aflicción. Y con la aflicción ya sabemos guerrear desde el capítulo 4. La pregunta experta, escribe don Aurelio, no es «¿cómo se atreve?» sino «¿qué le está ardiendo?» — y el hallazgo de Vera en la escalera es la verificación empírica: «no se puede odiar a nadie a quien se le ha visto la quemadura».

Importa subrayar lo que este argumento no dice. No dice que el daño sea aceptable, ni que no haya que protegerse ni recurrir partes injustos: Shantideva responde explícitamente a la objeción «entonces nadie es responsable y no cabe evitar nada» — evitar el enojo es adecuado precisamente porque «en dependencia de eso, la continuidad del sufrimiento puede ser cortada» [6, 32]. La causalidad no anula la respuesta; anula el odio en la respuesta. También hay aquí un pasaje filosófico denso [6, 27-31] contra teorías rivales del «yo» — lo tratamos en el complemento.

Mi parte del asunto. Sigue una batería de razonamientos que giran la cámara hacia el propio implicado: el daño presente ecoa daños que yo infligí antes — «es adecuado que el daño venga a mí» [6, 42]; en el choque intervienen «tanto su arma como mi cuerpo […] ¿con quién debería enfurecerme?» [6, 43]; y este cuerpo al que llamo intocable es «un forúnculo doloroso con forma humana que no puede soportar ser tocado» [6, 44]. Son versos para rumiar con cuidado —no culpabilizan a la víctima; desarman la contabilidad unilateral del agravio— y funcionan mejor como medicina privada que como sermón a otros.

Palabras, reputación, posesiones. ¿Y los daños inmateriales? «Los insultos, el lenguaje cruel y las calumnias no dañan mi cuerpo, entonces ¿por qué, oh mente, te enfureces tanto?» [6, 53]. La aversión ajena «no me va a aniquilar» [6, 54]; la fama es un castillo de arena y quien llora su derrumbe, un niño [6, 93]; la alabanza «no traerá fuerza positiva, ni larga vida, ni fuerza corporal» [6, 90]. Hay aquí una miniatura brillante sobre la incoherencia del ego [6, 94-97]: si me alegro de que alguien esté encantado conmigo, ¿por qué no me alegro cuando está encantado con otro? La alegría es suya en ambos casos; la única diferencia es el «yo» — y esa diferencia «se reduce a nada más que el comportamiento de un niño». Shantideva remata con una vuelta de tuerca: quienes derriban mi fama me protegen de mi peor adicción [6, 98-101] — «¿cómo puedo enfurecerme con aquellos que causan que me libere de haber sido esclavizado?».

El enemigo como tesoro [6, 102-113]

Y entonces el capítulo da su giro más famoso. Si la paciencia es la prueba suprema [6, 2], y la paciencia solo puede practicarse cuando alguien la provoca, entonces el que daña es un colaborador imprescindible:

«Estaré encantado con un enemigo que aparezca en mi casa como un tesoro, sin haber tenido que adquirirlo con fatiga, ya que se convierte en mi ayudante en el comportamiento del bodisatva» [6, 107]

Shantideva anticipa las dos objeciones. «Él no pretendía ayudarme» — tampoco el Dharma tiene intenciones, y lo honramos como causa de nuestro bien [6, 109]. «Es que él pretendía dañarme» — precisamente: si su intención fuera benéfica, como la de un médico, no habría paciencia que practicar [6, 110]. La mala intención del otro es el ingrediente activo del ejercicio. Solo Marga podía enseñarle a Vera lo que Marga le enseñó; los maestros amables no imparten esta asignatura.

El tramo final [6, 112-134] eleva la apuesta con una tesis que prepara los capítulos siguientes: los seres son, junto a los budas, el otro «campo» donde se cultiva todo logro — «cuando la obtención de los logros del Dharma del Buda se debe igualmente (tanto) a los seres limitados como al Victorioso, ¿qué tipo de orden es que el respeto mostrado a los seres limitados no es como el mostrado al Victorioso?» [6, 113]. Complacer a los seres es complacer a los budas [6, 122-127]: «no hay forma de deleitar a Los Enormemente Compasivos cuando los seres limitados han sido, de hecho, lastimados» [6, 123] — como no se puede agradar a una madre maltratando a su hijo. El capítulo cierra con los beneficios visibles e invisibles de la paciencia [6, 133-134], pero el verso-lema es [6, 127]: «Solo esto es lo que complace a los Budas; solo esto es lo que también logra de manera perfecta mis propios anhelos; solo esto es lo que también disipa el sufrimiento del mundo».

Para llevar

  • Un momento de odio quema eones de cosecha [6, 1]; la paciencia es la prueba suprema [6, 2]. Paciencia = no ser perturbado; no es aguantar ni pasividad — Vera recurre el parte, pero sin que lo redacte el incendio.
  • El combustible del enojo es la insatisfacción acumulada [6, 7]; la estrategia es proteger el buen humor, no reprimir la explosión [6, 8-9]. Navaja de [6, 10]: con remedio o sin él, el mal humor nunca es la herramienta.
  • El dolor es entrenable [6, 14] y reciclable: agota lo negativo, empuja a la virtud, desinfla el orgullo [6, 21].
  • Nadie elige enfadarse: condiciones, no autores soberanos [6, 22-25]. La vara, la mano, el incendio [6, 41]: la ira, si acaso, contra la aflicción — nunca contra su portador. Ver la quemadura disuelve el odio; no anula la respuesta justa [6, 32].
  • Insultos, fama y alabanza: castillos de arena; quien los derriba, a menudo protege [6, 90-101].
  • El enemigo es un tesoro en casa: único proveedor de la práctica de la paciencia; su mala intención es el ingrediente activo [6, 107-111]. Los seres son campo de cultivo del despertar al igual que los budas [6, 112-113].

En el texto raíz

Lee el capítulo 6 completo (134 versos): «Mostrar paciencia». Imprescindibles: la apertura [6, 1-10], el entrenamiento en el dolor [6, 12-21], la cadena de condiciones y la vara [6, 22-41], el castillo de arena [6, 90-98] y el enemigo-tesoro [6, 102-113]. En El sol resplandeciente: la sección sobre la paramita de la paciencia, con las setenta y dos paciencias, las tres razones para aceptar el sufrimiento y los tres razonamientos para ignorar el daño.