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La guía del bodisatva: el camino de Shantideva

5 · 4. El cuidado: proteger lo prometido7 min read

Historia — El enemigo sin manos

El traslado llegó en octubre, con la primera lluvia seria del otoño. Unidad de cuidados paliativos, tercera planta, ala norte. Vera llevaba años viendo esa ala desde fuera, como se ve un país vecino: sabía dónde estaba, no sabía cómo era.

Descubrió pronto cómo era: más lenta y más honda. En oncología se luchaba; aquí se acompañaba, y acompañar exigía músculos que Vera no sabía que le faltaban. Nadie corría en el ala norte. La primera semana lo entendió como una liberación. La tercera semana lo entendió como una trampa: sin la prisa, no había donde esconderse.

Y luego estaba el señor Ferrán.

Habitación 307. Setenta y ocho años, EPOC terminal, exdirectivo de banca, un carácter que el oxígeno no había conseguido domar. En veinte días había hecho llorar a dos auxiliares, había exigido tres cambios de habitación, había llamado «inútil» al médico de guardia y «carcelera» a Vera, dos veces, la segunda delante de su familia, con esa precisión de francotirador que algunas personas conservan intacta cuando todo lo demás se les apaga.

—Le toca la 307 —dijo la compañera del turno saliente, con la cara de quien entrega un paquete que hace tictac—. Ha pedido que no entre «la nueva». O sea, tú.

Vera entró igual, porque era su trabajo. El señor Ferrán la recibió sin mirarla:

—Le he dicho a la otra que no quiero que me toque usted. ¿Es sorda además de lenta?

Y Vera, que había prometido en una capilla dedicar su vida al bien de todos los seres, sintió el deseo nítido, casi gustoso, de que el señor Ferrán se muriera pronto y en otro turno.

El pensamiento duró un segundo. La vergüenza, toda la noche.

En casa, no abrió el cuaderno. Lo evitó tres días, como se evita al amigo que sabe. Al cuarto, en el vestuario, con la taquilla abierta y el móvil en la mano, se encontró buscando la carta de renuncia —seguía allí, en su carpeta, paciente como una recaída— y releyéndola entera por primera vez desde febrero. Ya no era su carta: la había escrito otra mujer, más joven y más cansada. Pero el gesto de buscarla la asustó lo suficiente como para volver al cuaderno esa misma noche.

El capítulo cuarto empezaba con una advertencia que parecía escrita para ella:

Aquí el monje ya ha hecho su promesa, como yo y —si has hecho caso al capítulo anterior— como tú. Y en vez de celebrarla, se pasa el capítulo entero mirándola con vértigo. Dice: si prometes un regalo pequeño a una persona y no lo das, eso ya deja marca. ¿Y quien promete el bien a todos los seres y luego se encoge de hombros? No lo dice para asustarte, Vera. Lo dice porque conoce el truco más viejo del abandono: nadie deja de golpe lo que prometió. Se deja a plazos. Un día no puedo, otro día no era para tanto, otro día este señor no se lo merece. El monje pide una sola cosa: date cuenta del plazo el día que lo firmas, no el día que te desahucian.

Este señor no se lo merece. Vera dejó el cuaderno en las rodillas. Ahí estaba, con otras palabras, su segundo exacto de la habitación 307. El primer plazo del abandono, firmado sin leer la letra pequeña.

Siguió leyendo. Y entonces el capítulo giraba, y don Aurelio lo anunciaba con una nota entusiasta en el margen: Atención a esto, que aquí el monje inventa la psicología con mil años de adelanto. El monje preguntaba: cuando me enfado, ¿quién es el enemigo? ¿El señor que me insulta? Y respondía que no. Que el enemigo era otro, uno más raro y más íntimo:

«Aunque enemigos tales como el enojo y el deseo vehemente no tienen piernas ni brazos, ni son valientes ni sabios, ¿cómo es que me han hecho su esclavo?»

Vera leyó el verso dos veces. No tienen piernas ni brazos. El enojo no había entrado en la 307 con el señor Ferrán; había entrado con ella. Llevaba semanas —años— pensando que su problema eran los pacientes difíciles, las supervisoras difíciles, el sistema difícil. El monje le daba la vuelta al mapa: los difíciles ponían la ocasión; el ejército que la tomaba por dentro era suyo, dormía en su casa, comía de su mano. «Mis emociones perturbadoras son enemigos duraderos, sin principio ni fin», había copiado don Aurelio. «Ningún otro enemigo puede ser así, por tanto tiempo.»

Y luego, la nota del margen que Vera subrayaría con lápiz, la única vez que se atrevió a escribir en el cuaderno de otro:

El error de mi vida entera, Vera: traté a las personas como enemigos y a mis rencores como huéspedes. Cuarenta años dando techo y comida al que me robaba, y cerrándole la puerta al que solo venía herido. El monje dice: invierte la hospitalidad. Con las personas, paciencia infinita — ya llegaremos, hay un capítulo entero. Con el rencor, ni un asiento. Es el único odio que te está permitido: el odio al odio. Y fíjate qué fino hila: hasta ese odio es de mentira, dice, porque cuando lo miras de cerca, el rencor no vive en ninguna parte. Ni en el otro, ni en tu cuerpo, ni en medio. Es niebla con uniforme de general.

Al día siguiente, Vera entró en la 307 con el carro de la medicación y un experimento. No intentó caerle bien al señor Ferrán. No intentó nada con el señor Ferrán. El trabajo era otro, interior, de aduana: vigilar qué cruzaba. Cuando llegó el primer dardo —«vaya, la carcelera; ¿hoy no descansa ni usted?»—, Vera notó el latigazo conocido subiendo por el esternón, y en vez de tragárselo o devolverlo, hizo lo que había ensayado: lo miró como a un intruso sin piernas ni brazos pidiendo asilo con papeles falsos. Te veo. Hoy no entras.

—Hoy no descanso, no —dijo en voz alta, con una tranquilidad que la sorprendió a ella la primera—. Le toca la inhalación de las diez. ¿Se la pongo ahora o cuando acabe las noticias?

El señor Ferrán la miró por primera vez en tres semanas. Un segundo apenas, con el ceño de quien nota que un mueble ha cambiado de sitio.

—Cuando acaben las noticias —gruñó.

No fue una victoria. El señor Ferrán siguió siendo el señor Ferrán: esa semana hizo llorar a otra auxiliar y llamó «matasanos» al jefe de servicio. Los libros y los pacientes difíciles no se rinden en la página en que uno lo decide. Pero algo se había movido de sitio, y no era el mueble: era la guerra. Vera había dejado de librarla contra un anciano que se ahogaba, y la libraba ahora donde podía ganarse — dos centímetros por detrás de su propio esternón.

El viernes, al acabar el turno, hizo dos cosas.

La primera: pasó por la 307 fuera de horario, sin carro, y le preguntó al señor Ferrán, sin más, de qué eran las fotos de barcos que su hija le había puesto en la repisa. El viejo tardó en contestar. Luego habló doce minutos sin insultar a nadie. Regatas. Un club náutico de los años ochenta. Un hermano muerto con el que había navegado poco y discutido mucho. Vera escuchó, dijo buenas noches, y ya en el pasillo tuvo que apoyarse un momento en la pared, porque acababa de reconocer, debajo del uniforme de general, la niebla exacta de la que estaba hecho el señor Ferrán: miedo, y facturas sin pagar con un hermano que ya no cogía el teléfono.

La segunda cosa la hizo en el vestuario, de pie, sin ceremonia. Abrió la carpeta del móvil, seleccionó la carta de renuncia de febrero y la borró. No porque hubiera dejado de tener días horribles. Porque don Aurelio tenía razón: el abandono se firma a plazos, y ella acababa de aprender a leer la letra pequeña. Mientras esa carta esperara en su carpeta, habría una parte de Vera con la maleta hecha. Y no se cuida de verdad ninguna casa desde la puerta.

Esa noche, el cuaderno cerraba el capítulo con una frase del monje que ya no le pareció exagerada:

«Sin escuchar las instrucciones del médico, ¿cómo puede un paciente, con necesidad de cura, ser sanado por sus medicinas?»

Y debajo, don Aurelio: Siguiente capítulo: el manual de la aduana. Cómo vigilar la puerta sin vivir con miedo. Es el más práctico de todos. Duerme bien, colega, que hay guardia.

Continuará.